Hechizo de la musica

Musicalas

Fue en un humilde fonducho de Connecticut donde encontré el público más devoto de la música que he visto jamás reunido en lugar alguno de la América del Norte…

Entré allí a tomar una taza de café. Al ruido de las conversaciones se mezclaba el tintinear de los cubiertos, el chocar de platos y los mil ruidos que suele haber en esos lugares. De pronto se oyeron en la radio los primeros compases de una sinfonía ejecutada por una de nuestras grandes orquestas. El cantinero no fregó un solo plato más. Se puso a escuchar atentamente. Mi vecino de mostrador colocó la taza en el platillo con sumo cuidado. La camarera suspendió la tarea de apilar platos a que estaba entregada y se volvió toda oídos. Mas el silencio no era todavía completo. Cuatro salchichas que se doraban a la parrilla, ajenas a la solemne expectación de comensales y empleados, chirriaban sin pudor. El cantinero arrugó el entrecejo y retiró de la lumbre las chillonas salchichas. “¡Ah!” se dijo para sus adentros la camarera, y se fue de puntillas al otro extremo del local a quitar del fuego un pato que, clavado en el espetón, se tostaba lentamente con leve crepitar de la socarrada piel. Entonces sí que reinó un silencio profundo y cabal. Fue aquello un testimonio más elocuente y conmovedor del hechizo de la música –de la buena música– que los prolongados aplausos de uno de esos auditorios cosmopolitas que llenan los grandes teatros.
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