Doble o nada

Yo era una mujer de 50 años, él era un hombre de 25, y al comienzo me comporté de acuerdo a las circunstancias. “La incipiente barba en su rostro es tan rizada y suave”, les contaba a mis amigos, “es como la textura de un animal de peluche”. Y: “voy a encontrarme con Raggedy Andrew para ver una película. “¿Debería estar (a) entusiasmada, (b) avergonzada o (c) encarcelada?”

Parejasea

Él empezó rondando mi vida cuando me mudé de Nueva York a Philadelphia tres años atrás. Lo veía todos los días en la panadería del barrio, donde cargaba cajas de muffins para las entregas de la mañana, volviendo a menudo alrededor del mediodía para recoger su tabla y enrumbar hacia Jersey Shore. Amaba los riesgos y alardeaba siempre de algún moretón o algún vendaje, y yo estuve a su lado después de un serio accidente que tuvo con su tabla de skate, estirando la mano para tocar sus párpados morados y su nariz rota.
Empezamos almorzando de vez en cuando durante el invierno hasta que llegó la primavera y él comenzó a sugerir planes nocturnos. Parecía inofensivo; no siempre cumplía con una llamada por teléfono y yo solía ignorar su nombre cuando aparecía en la pantalla de mi celular. Pero un viernes a las 10:45 p.m. contesté.
“Puedes pensar que es raro”, dijo, “pero realmente quisiera comer una ensalada de lechuga escarola”.
A estas alturas yo ya me había acostumbrado a su voz y noté que estaba nervioso. Me emocioné. Me quité la pijama y me puse una corta falda en menos de lo que “canta un gallo” (tal como les conté a mis amigos). Pero había algo más; estábamos cambiando.
Nos sentamos afuera de la Brasserie Perrier, un lugar de moda donde nunca antes había estado, pero donde él parecía sentirse bastante cómodo. Era una noche cálida. Un grupo de mujeres de unos 20 años pasó por ahí haciendo disfuerzos y yo lo miré mientras él las miraba caminar. Esperé. Él giró su cabeza nuevamente hacia mí y dijo: “¿acaso no te desquician los jeans sin bolsillos?”
Me llevó a un depósito de chatarra de mercadería recuperada de arquitectura, donde fisgoneamos el interior a través de una reja con cadena y hablamos de lo que compraríamos si pudiéramos entrar. Había dejado la casa de sus padres a los 15 años para asistir a un colegio de secundaria para futuros profesionales del snowboard, de manera que era lo suficientemente doméstico como para mantener una linda casa salpicada con las cosas extrañas que andaba coleccionando, como viejas reglas de madera.
Compartíamos muchos intereses –modas, fotografía, diseño. Una vez, después de una larga discusión sobre su ardiente necesidad de un maletín Duffel de cuero verde encontré uno perfecto en la revista Details y le guardé la página. “Oye”, dijo mirando furtivamente. “¿Eso es Balenciaga?”

Una relación atípica…
El día en que escuchamos You’re so good to me en el radio de su auto, yo no pude decirle que hacía ya 20 años que había oído esa vital canción de los Beach Boys o que me divertía mucho con alguien haciendo sencillamente nada. De modo que en vez de eso exclamé: “Este es el mejor verano de toda mi vida”, y él estuvo de acuerdo. Es tonto pero, a veces, cuando salíamos de ver una película tarde por la noche, sonreíamos el uno al otro y salmodiábamos. “El mejor. Verano. De toda la vida”.
Esa frase era la metáfora para describir lo que realmente estaba sucediendo entre nosotros, y solo una vez me atreví a hablar sobre nuestra relación sin usarla de protección. Le dije que nuestra diferencia de edades era tan grande que no podíamos albergar ningún tipo de esperanzas convencionales. “Solo estamos tú y yo y realmente tenemos suerte”, le dije, cosa que de verdad creía en aquella época. “¿Cuánto daño podemos hacernos el uno al otro en tres meses?”.

Un verano inolvidable…
La primera ola golpeó cuando estábamos sentados afuera de un restaurante mexicano por lo demás vacío, en un desolado sector de la ciudad. Era medianoche cuando Andrew empezó a describir cada accidende deportivo que había tenido en su vida. Mencióno 16 fracturas y treintitantas grapas en su cadera, antes de hacer una pausa en las cicatrices de su cuello roto. “Aquí”, dijo, colocando mi dedo en una hendidura en su cráneo. “Aquí es donde fijaron el collarín ortopédico para inmovilizar mi cuello”.
Me estaba contando la mejor historia de su vida, y en ese momento me di cuenta de que no había manera de que alguno de nosotros saliera de esto sin ser lastimado. Lo evité algunos días mientras trataba de decidir si podía seguir con esto hasta el final. Pero era inútil pensar en lo que iba a suceder. Solo había un lugar donde nuestras vidas podían encontrarse: era en el ahora mismo. Fui a buscarlo a la panadería y el alivio en su rostro me dejó entrever que existía algo real entre nosotros.
El tour que Andrew me dio de su cuerpo hueso-por-hueso reemplazó nuestra intimidad física. Había una línea que él no quería cruzar y yo respetaba su decisión, tanto así que una vez que fuimos a nadar al océano a medianoche no me quité la ropa, algo que jamás hubiera hecho estando con mis otros amigos.
Pero a mí no me molestaba. El sexo era algo que ya sabía cómo hacer. Con lo que había perdido contacto a estas alturas de mi vida era con la habilidad de entregarme completamente a otra persona, de estar verdaderamente presente. Durante mi relación anterior, una aventura amorosa con un hombre atrapado en un divorcio que duraba ya una década, había aprendido a dominar el arte de la evasión, de guardar silencio en relación a aquello que más necesitaba y quería.
Ante mí tenía la oportunidad de volver a aprender a mostrarme, no porque Andrew fuera demasiado joven como para ser una figura amenazadora, sino porque su juventud requería que yo fuera tan espontánea y curiosa como él. Aprendí a disparar, a jugar golf y a pescar con muestras, asegurando los bordes de mi falda en la cintura y vadeando el río solo para estar con él. Contábamos únicamente con una pequeña burbuja de tiempo para estar juntos, y no quería perder ni siquiera un segundo.

Un final prolongado…
A fines de julio, Andrew anunció que se mudaría a Brooklyn para empezar una compañía de diseño gráfico con algunos amigos del snowboard. Yo me sentí aliviada. La mudanza marcaría el final natural de nuestra relación, más fácil aún porque era algo que él había escogido, e incluso empecé a desear con ansias su partida. “No puedo esperar más para empezar a extrañarte”, es lo que yo le decía.
Lo ayudé tanto como me fue posible, perdiendo de vista las horas que pasábamos trabajando en el nombre de la compañía, el logo, los planes de negocio. En las visitas a Nueva York le presenté a mis amigos y lo llevé a conocer al chef de mi pequeño restaurante favorito para que se sintiera siempre bienvenido en algún lugar.
En setiembre, cuando todavía no se había marchado, mis amigos empezaron a preocuparse. El mejor verano de toda la vida, se había convertido mientras tanto en otoño y “¿cuándo podía esperarse que yo empezara nuevamente a trabajar?”. Mi socio del proyecto del libro, Tony, que era lo suficientemente joven como para andar con Andrew, pero lo suficientemente mayor como para sentirse mi protector, era el menos tolerante. “Voy a ir allá y voy a ayudarlo a mudarse yo mismo”, solía decir.
Ceñirse a un plan de mudanza parecía imposible y cada día que Andrew dilataba la cosa aparecían nuevos problemas, algunos lo suficientemente serios como para que yo los tomara en cuenta. ¿Cómo podía decirle no cuando el amigo de su niñez fue asesinado en Irak, o cuando le dio neumonía corriendo tabla y descansaba en mi sofá mientras yo le preparaba sus platos favoritos y le llevaba tazas de té? Pero otros problemas aparecieron simplemente porque él empezó a perder su equilibrio.
Cuando me comprometí a cuidar a su perro para que él pudiera irse de viaje, cuatro días se convirtieron en seis sin que mediara una sola palabra de su parte. No fue la única vez que se perdía, y yo empecé a preocuparme cuando sus amigos comenzaron a llamarme para saber dónde estaba. Supongo que Andrew me estaba ubicando en el único lugar en el que podía cuadrar en su vida –alguna suerte de “guardián”– y haciendo cualquier cosa para forzarme a ocupar dicho lugar.
La situación se hizo tan intrincada como cualquiera que he tenido con otros hombres, sin importar su edad. ¿Pero qué esperaba? ¿Que él y yo estuviéramos protegidos de cualquier complicación solo porque no habíamos dormido juntos? “Por favor, no hagas esto”, le dije. “Yo te daré toda la ayuda y el cariño que necesitas, pero el papel de madre es algo que nunca he estado dispuesta de asumir”.

¿Edipo en el aire?
Cuando conoció a una chica de su edad durante uno de sus viajes a Nueva York, hizo hincapié para atraerla a mi vida, llevándola a mi restaurante habitual y enviándome un mensaje de texto para que le mandara la dirección. Y el consejo que ella le dio salió en nuestra conversación: “Tengo que aprender a marketearme”. Sus planes cambiaban prácticamente todos los días, desde trabajar en un barco pesquero en Alaska hasta convertirse en un agente de deportes en Portland, dependiendo de quién lo aconsejaba en ese momento. A medida que él se tambaleaba, yo también lo hacía.
“¿Qué debo hacer?”, le pregunté a Tony.
“Cortar por lo sano”, respondió.

Pero yo no podía desembarazarme de Andrew sencillamente. Había pasado tanto tiempo conmigo, instándome a bajar la guardia. Nuestra diferencia de edades implicaba que nos habíamos ahorrado las típicas estrategias macho-hembra y las luchas de poder. Gracias a él me sentía renovada, como si hubiera empezado mis relaciones de cero. Además, solo como ayuda dietética ya había probado no estar lejos de ser un milagro. Había perdido 17 libras desde que empezamos. Estaba en deuda con él.
La última noche que vi a Andrew hicimos un trato. “Podemos tomarnos un cóctel y tener una conversación superficial”, le dije, “o podemos tomarnos esta botella de whisky y hablar de lo que realmente pasó entre nosotros”.
Escogió el whisky y hablamos. En algún momento durante esas seis horas él dijo: “Lo siento tanto. Estoy tan perdido”.
“Mira, yo creo en ti”, le contesté. “Estoy segura de que puedes resolver esto”.

Cruzando el límite que él mismo se había impuesto, se inclinó hacia adelante y me besó, un beso verdadero que había estado flotando en la superficie durante meses. De pronto sintió que no podía respirar; finalmente, yo sí podía.
“Te amo tanto”, me dijo, acurrucándose en mí tan estrechamente que pude sentir una lágrima que se deslizaba por mi cuello hasta el escote de mi blusa en V. Y porque yo también lo amaba, crucé mi propio límite y finalmente le di lo que él necesitaba de mí. Lo acuné en mis brazos y lo mecí, lo mecí hasta que sintió que estaba listo para partir.
*

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