Perdida y redencion

August 22, 2016

Pérdida & Redención
Modern Love. De cómo una mujer atravesó un mes de diciembre que le hizo vivir dos experiencias opuestas: la muerte de su madre y el nacimiento de su hija

Perdidayredencion

La tarde en que murió mi madre, ella había salido temprano de trabajar. Su día como programadora de sistemas en el Chase Manhattan Bank había terminado de manera repentina gracias a una falla en el sistema de computación, por lo que se les dio la tarde libre a todos los empleados. Era fines de diciembre. Mi cumpleaños número dieciséis. El frío era gris, sin nieve, pero hacía que el pasto crujiera al pisarlo.
Estábamos lo suficientemente cerca de la Navidad como para que un par de horas de tranquilidad se asemejaran a un regalo. O, en el caso de mi madre, a una maldición.

En lugar de aprovechar esas horas para hacer algo de compras de último minuto o para ir a tirarse al sofá, ella ordenó su escritorio metódicamente, manejó su Honda en dirección a casa, se preparó una taza de café turco y se ahorcó en nuestro garaje.
Veinte años más tarde, mi padre insiste en que no hubiera muerto ese día si el sistema no se hubiera caído. Puede que tenga razón. El trabajo le daba a mi madre una estructura que enclaustraba su locura dentro de su interior, aunque sea por momentos. El ocio traía consigo problemas.
Mis recuerdos siempre muestran a mi madre trabajando en algo: cocinando, despierta toda la noche sacando el empapelado de la pared, estudiando concienzudamente gruesos libros de texto para obtener su maestría. En las películas caseras se nos ve a mi hermana y a mí, de piernas largas y cuerpos pequeños, bailando y haciendo gimnasia delante de la cámara, mientras mi madre aparece en el fondo, lavando platos o atravesando el encuadre en dirección a algún otro sitio.
A pesar de que mi mamá trabajaba a tiempo completo, mi hermana y yo nunca levantamos un dedo en esa casa. Era inmaculada, sin pilas de cosas y mareas de polvo que caracterizan actualmente a mi propia casa.
La locura de mi madre se iba filtrando de una forma tan sutil que mi padre, un optimista hasta el final, era capaz de ignorarla, creyendo que mejoraría por sí sola. En mi casa, no se hacían preguntas del tipo “¿qué tal te va?” o “¿cómo te sientes?” O, si se hacían, permanecían sin contestarse. Mi hermana y yo comíamos a solas en nuestras habitaciones frente a parpadeantes televisores en blanco y negro.
Nunca me contaron de los dos intentos de suicidio anteriores de mi madre y nunca lo hubiese adivinado. En mi mente, las personas con tendencias suicidas deliraban y echaban pestes. Las locas eran encerradas en áticos, donde gemían y arrastraban cadenas. Ocasionalmente, incendiaban una casa de campo. Definitivamente, no iban a hacer las compras ni dejaban a sus hijos en la piscina comunitaria en su camino a la oficina.
Por llamadas recibidas en nuestro teléfono rotativo amarillo de la cocina, me enteré de que mi madre veía a una psicóloga, una mujer llamada Bárbara que ella trataba de hacer pasar como su amiga. Pero a mí no me engañaba. Mamá no tenía amigas.

Cuando cumplí catorce años mi madre empezó a dormir en el piso de la sala de estar y a usar un sombrero de esquí gris con tres franjas blancas. Parecía que solo tomaba un café arenoso y vino tinto servido directamente de botellas de cerca de cuatro litros que guardaba debajo del lavadero de la cocina. Me mandaba a mí a la pizzería a recoger nuestro pedido pues estaba convencida de que los hombres que hacían volar la masa por los aires hablaban sobre ella apenas les daba la espalda.
Mientras me arrastraba dentro de mi burbuja adolescente muy poco de lo que cuento ahora era registrado por mí como alarmante. Así es como eran todas las familias. A medida que la locura de mi madre se amplificaba, ella empezó a creer que nuestra casa tenía micrófonos ocultos y que su jefe estaba intentando hacerle daño. Sin embargo, mientras hubiera un programa de computadora que escribir o una alfombra que aspirar, se podía tener la certeza de que ella no solo lo haría, sino que lo haría bien.
En su empeño de hacer que las cosas se hagan o de vivir una vida ordenada, mi madre no se dio cuenta de que estaba dejando de lado todos los aspectos que por lo general nutren la vida familiar: reírse de cosas tontas, echarse en el sofá abrazando a los seres queridos, compartir una buena comida, el placer táctil de tener a los niños gateando sobre uno en medio de risas. Sin todo eso, la vida familiar no es sino una serie infinita de tareas insignificantes: superficies y narices que limpiar, platos y cuerpos que lavar, prendas blancas y de colores que doblar, una y otra vez, en una sucesión que va absorbiéndonos el alma.
En la mañana del día que mi madre murió, me encaminé hacia la puerta para tomar el bus de las 7:10 que me llevaría al colegio. Mi madre y mi hermana de doce años recién se estaban levantando del lugar donde dormían en la alfombra gris de la sala. Me cantaron “Feliz cumpleaños” a coro, la hermosa voz grave de mi madre escarchada con la voz de pequeña soprano que tenía mi hermana.
Ocho horas más tarde bajé feliz de mi bus pues pensaba pasar la tarde viendo telenovelas, pero me decepcioné cuando vi el auto de madre estacionado en la calle. Dejé mi mochila en una silla junto a la ventana, acaricié las orejas polvorientas del perro y llamé: “¿Mamá?”.
Su cartera estaba en la mesa. Busqué en todos los cuartos pero estaban vacíos. Luego abrí la puerta de garaje y dejé de respirar.
Cerré la puerta, subí las escaleras y salí; me senté en la entrada de concreto de la casa, mirando hacia la calle. Las casas de dos pisos que se sucedían a lo largo de la calle curva tenían algo en común: no había nadie. Todos los padres de mi vecindario trabajaban y como yo había tomado un bus más temprano de lo que acostumbraba, los niños tampoco estaban.
Me senté inclinada sobre mis piernas, abrazándome las canillas, mientras mi corazón se desaceleraba. Finalmente me puse de pie, abrí la puerta, regresé a casa y marqué el 911.

Los días que siguieron mi padre, mi hermana y yo nos tambaleamos en un mar de torpeza. La esposa de un amigo de mi padre me compró un vestido para usar en el funeral, una monstruosidad marca Gunny Sax de terciopelo color granate con mangas tiesas y adornos de encaje.
Los funerales de por sí son bastante duros; pero el funeral de una persona que se ha suicidado es una prueba hasta para la persona socialmente más hábil. Cuando todos los “gracias por venir” mencionados de manera robótica terminaron, mi hermana intentó abrir el ataúd cuando nadie la miraba. Mi padre la detuvo justo en el momento en que iba a levantar la tapa. “Solo quería verla”, le explicó de manera casi inaudible.
Otros detalles debían ser afrontados, cosa que me hizo probar por primera vez el sabor metálico que caracteriza a las tareas propias de la adultez. Era la primera vez en la vida en que me habían organizado una fiesta formal de cumpleaños en un salón de baile local. Los recuerdos que iban a entregarse al final de la fiesta –cajitas color claro repletas de chocolates Hershey’s kisses y decorada con corazones rosados y color plata– se quedaron en bolsas en el garaje, esperando.
Pero no habría fiesta alguna. Levanté el teléfono y dije una y otra vez, “Lo siento, pero mi fiesta por los 16 años ha sido cancelada”. Cuando terminé, un sudor frío recorría mis muñecas, mojándome las mangas. No lloré.
El día que la fiesta iba a llevarse a cabo, fui a la tienda Loehmann’s con mi padre. El traje que mi madre había elegido para la ocasión, un vestido tubo de lana gris con mangas largas, descansaba sobre el mostrador. El vendedor le dijo a mi padre que no podía devolver el vestido. Mi papá lo miró y respondió, “pero ella ha muerto”. Aceptaron la devolución.

Y apenas pude, huí. Primero a la universidad, luego a un lugar lo más alejado posible de Long Island: San Francisco. Todas las noches me metía en un vestidito negro, mallas y botas de plataforma e intentaba cicatrizar de alguna forma, mirando sin parar a muchachos que imitaban a Kurt Cobain o a chicos con sombreros a los Fred Astaire que cantaban canciones de Louis Armstrong de manera lastimera. O moviendo la cabeza al ritmo de la música que ponían DJs totalmente rapados desde las esquinas de antiguos almacenes, mientras que cientos de personas deliraban, agitando botellas de agua sobre sus cabezas hasta que el sol lanzaba sus débiles rayos a través de los sucios tragaluces.
Pagaba 365 dólares de alquiler. Tenía algunos ahorros; trabajar parecía opcional, al igual que la estabilidad. A lo largo de la década siguiente tuve diez departamentos, trece trabajos y, por lo menos, esa misma cantidad de novios. Conocí a Dave en un festival de cine, mientras esperaba en cola para entrar a ver una película llamada Mejor Que El Sexo. Empezamos a ver películas juntos, escogiendo siempre filmes con la palabra “sexo” en el título. Meses después de que nos vimos todas las películas sobre fornicar sin haberlo hecho nosotros mismos, él finalmente me besó bajo un farol fuera de la puerta de entrada de su casa. Yo estaba usando botas de cuero negro hasta las rodillas. Él, pantuflas forradas en lana de oveja.
Me llamaba todos los días. Me escuchaba. Sonreía bastante. Me decía que era hermosa. Inventaba canciones a ritmo de rap que hablaban sobre nuestro amor. Quería hablar acerca de todo, desde política hasta de mi periodo. Quería tener hijos. Era, como decía el papá de mi mejor amiga, “un buen ciudadano”.
Encontramos juntos una casita de la década de 1920 ubicada en una calle con casas españolas de estilo mediterráneo de todos los colores del arco iris. Decidimos pagar a medias la cuota inicial de la casa y empezamos a empacar. Mientras manejaba bajo una lluvia torrencial en dirección al lugar donde íbamos a firmar el título de propiedad de nuestra casa, enloquecí. Yo no puedo con la estabilidad.
Me convencí a mí misma de que Dave era un estafador que había planificado un elaborado engaño para birlarme mi parte de la inicial. El año que habíamos pasado juntos no era sino el montaje para el golpe. Ahora iba a ser despojada de veinticinco mi dólares y de un novio. En solo cuestión de un momento viviría en la calle, absolutamente sola, la víctima de aspirar demasiado alto.
Mis manos temblaban cuando llegué al lugar donde firmaríamos. Dave estaba parado ahí, con un paraguas, esperando para acompañarme los diez pasos que separaban la vereda del edificio. Ocho meses después, cuando regresamos de nuestra luna de miel, él me cargó, subió las inestables escaleras de la entrada y cruzó el umbral antes de colapsar por el esfuerzo en el sofá azul de nuestra oficina. Pasados otros ocho meses, una tira de plástico con una raya rosada nos hizo saber que nuestros planes de remodelación tendrían que esperar.

En mi primera visita, el ginecólogo calculó la fecha de nacimiento del bebé: mi cumpleaños. Me horroricé de pensar que mi día de infamia personal sería compartido por la siguiente generación de mi familia. Mis amigos le dieron la vuelta al asunto de una manera hermosa: “Será una forma de sanar. Tendrás de nuevo ese día para ti”.
Las contracciones no fueron fuertes hasta la noche de Navidad, cuatro días después de que cumplí treinta y seis años. Cincuenta y seis horas después de los primeros temblores en mi vientre y tres horas después de que se me pasó el efecto de la epidural, empujé a mi hija a la vida.
No estaba pensando en mi madre. Ni en mi hermana, que se quedó todo el rato en la cabecera de mi cama animándome mientras yo sentía que mi cuerpo se estaba partiendo en dos. Ni en Dave, que miraba entre lágrimas cómo salía Pascale. No pensé en nada, solo me quedé echada ahí, en un estado de shock debido al dolor y al cansancio. Pero cuando finalmente me trajeron su cuerpo que parecía un pollo crudo, lo primero que pensé fue que se parecía a mi madre.
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Anne Marie Field
The New York Times
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