Recuerdos tercerizados

April 22, 2015

¿Y la memoria fotográfica? Bien, gracias.

Los recuerdos pueden ser desencadenados por experiencias sensoriales: el sonido de una canción en particular; el olor de un platillo que solía preparar nuestra abuela; fotografías de momentos pasados con amigos y familiares. Sin embargo, hay una diferencia entre las imágenes que conservamos en nuestras mentes, que incorporan el contexto y la interpretación de una situación, y las que son capturadas por una cámara, que no lo hacen. Y las segundas, sugieren investigaciones, moldean cada vez más lo que recordamos.

Un estudio realizado por Linda Henkel, profesora de psicología en la Universidad de Fairfield, en Connecticut, examinó este “efecto de deterioro por tomar fotografías”. Se pidió a los participantes en el estudio que fotografiaran ciertas obras durante un recorrido guiado por un museo de arte y que simplemente observaran otras.
El resultado: los participantes recordaron menos detalles sobre las obras que habían fotografiado, “al tiempo que le transfieren su memoria a la cámara”, escribió Teddy Wayne en The New York Times.
Además de afectar qué recuerdos conservamos, las imágenes también parecen moldear la forma en que recordamos las cosas, sugirió Henkel. “Hay una perspectiva de ‘observador’, en tercera persona, en comparación con una ‘perspectiva de campo’ a través de tus propios ojos”, dijo a The Times. “Las fotografías parecen desplazarnos a esa perspectiva de observador, al distanciarnos de algún modo, así que claramente es un recuerdo reconstruido”.
Este fenómeno se generaliza ahora con la creciente omnipresencia de los teléfonos inteligentes: se calcula que el 80 por ciento de los adultos del mundo poseerán un teléfono inteligente para el 2020, ha reportado The Economist.

Y además de nuestros recuerdos individuales, las imágenes también pueden afectar nuestra memoria colectiva, particularmente en las películas que son éxitos de taquilla.
Un ejemplo son algunas de las nominadas a mejor película en los Premios de la Academia de este año que estuvieron basadas en acontecimientos reales: “Selma: El Poder de un Sueño”, “Francotirador”, “El Código Enigma” y “La Teoría del Todo”, las cuales fueron criticadas por alterar la verdad.
“Podría uno pensar: ¿de verdad importa? ¿Acaso no podemos mantener el mundo cinematográfico separado del mundo real?”, escribió Jeffrey M. Zacks, profesor de psicología y radiología en la Universidad Washington, en St. Louis, Missouri, en The Times. “Desafortunadamente, la respuesta es no”.
Un motivo, sugirió, es que nuestras mentes son buenas para recordar lo que vemos o escuchamos, pero no para recordar la fuente de la información.
Así que cuando se pidió a los participantes de una investigación que leyeran ensayos confiables y fidedignos sobre un acontecimiento histórico y luego vieran una película con imprecisiones sobre el tema, “los estudiantes incluyeron casi una tercera parte de los hechos falsos de las películas en pruebas posteriores”, escribió Zacks.
Así ocurrió incluso en un estudio en el que se pidió explícitamente a los participantes que buscaran las imprecisiones en los videos.

Sin embargo, eso no quiere decir que nuestra memoria colectiva se vuelva más profunda. Al contrario, lo que alguna vez fueron 15 minutos de fama son ahora más bien “15 segundos de nanofama”, gracias a la cantidad aparentemente infinita de videos que circulan en línea y que son cada vez más breves.
“Al tiempo que el medio se hace pequeño, también lo hace la fama”, escribió Alex Williams en The Times.
Por otra parte, esta celebridad de corto periodo de atención podría no ser algo totalmente negativo. Si una imagen es difícil de tolerar, al menos no durará mucho.
*
Tess Felder
The New York Times
*

Advertisements

Mi guitarra, mi amiga

April 8, 2015

Es una compañera con la que he compartido tristezas y alegrías, momentos importantes y ocasiones triviales.

Mi mejor amiga está en un rincón. Me espera paciente, callada, elegante y tentadora mientras trabajo. Pero yo no suelo hacerle caso hasta por la noche, una vez que he terminado la jornada. Es entonces cuando puede cantar.
No recuerdo exactamente cuándo compré mi guitarra, una Gibson 1962, pero fue hace más de 20 años. En ese entonces las Gibson nuevas costaban de 1000 dólares para arriba, pero ésta era usada y sólo me costó 250, lo que para mí representaba una pequeña fortuna: mucho más que un mes de alquiler.
Pero era una ganga. La tapa, de madera de picea, tenía un dibujo de sol radiado que brillaba con intensos visos anaranjados, ambarinos y rojos.
Tenía la caja ancha, de espléndida caoba, en incrustaciones de madreperla en la cabeza. Contra lo que era usual en las guitarras de entonces, tenía un puente cromado en vez de un cordal con espigas para sujetar las cuerdas por el extremo opuesto al de las clavijas.
Tiempo después, en un lamentable arranque de vanidad e insensatez, la pinté de negro para no desentonar con la imagen de una banda de aficionados en la que toqué durante poco tiempo, y en la que todo era de ese color.

El hombre que me vendió la Gibson no quería desprenderse de ella, pero saltaba a la vista que no le quedaba más remedio. Vivía en un remolque destartalado con su mujer y varios hijos, y era claro que tenía apuros de dinero. También se notaba que la guitarra era una vieja amiga suya, pues el mástil de palo de rosa tenía el desgaste de muchos años de uso. En fin, después de pedirme que la cuidara, tomó el dinero y se despidió con tristeza.
Quedé encantado desde el primer momento en que rasgué las cuerdas. Aquel instrumento tenía una resonancia potente y grave que yo no había escuchado, y argentinos tonos agudos que parecían campanas.

Mi pasión por las guitarras data de mediados de los 60. Al igual que tantos adolescentes, yo quería hacer Rock and roll como John Lennon, cantar canciones populares como Bob Dylan y tocar blues como B. B. King.
Cuando yo tenía 14 años, mi madre, que era una buena pianista, sintió deseos de aprender a tocar la guitarra. Compró un instrumento clásico, barato pero servible, y un libro de acordes para principiantes. Un buen día se me ocurrió ‘tomarlo prestado’ y, una vez que lo tuve en mi cuarto, mamá no volvió a verlo.
Recuerdo como si fuera ayer las horas que pasaba sentado al borde de la cama, muchas veces a altas horas de la noche, con la lengua entre los dientes en intensa concentración, esforzándome por pisar firmemente las cuerdas a pesar de tener las yemas ampolladas y doloridas. Y, cuando por fin pude tocar tres acordes seguidos con fuerza y resonancia, quedé prendado.
La primera pieza que me aprendí de memoria fue Blowin’ in the wind, de Bob Dylan, pero no me sentía capaz de tocarla delante de nadie más, así que me encerraba en mi cuarto y la cantaba muy quedo, imaginándome que actuaba ante un público de admiradores. Poco a poco me fui adaptando a la guitarra, hasta que llegó a ser una compañera indispensable para mí.

Cuando estaba en la universidad, a principios de los 70, un guitarrista negro de mucha edad al que llamábamos Viejo George me inició en el difícil arte de tocar sin púa, directamente con los dedos.
George era un músico ambulante que llevaba una maltrecha Gibson al hombro y a menudo nos acompañaba cuando, en las tardes soleadas de fin de semana, mis compañeros y yo nos sentábamos en la escalinata del dormitorio de la universidad a tocar y cantar. Era un hombre de pequeña estatura, de pelo entrecano, manos enormes y dedos nudosos. Le gustaba tocar como se tocan las guitarras Dobro, planas sobre el regazo, y solía usar un capotasto corredizo de vidrio cuando interpretaba una pieza de blues. También sacaba de oído fácilmente muchas canciones populares que exigían posturas difíciles de los dedos. En seguida me decidí a aprender aquel apasionante arte.
El Viejo George me enseñó pacientemente la técnica ‘cruzada’, que consiste en la alternancia rítmica del acompañamiento, tocado en las cuerdas bajas con el pulgar, y la melodía, tocada en las cuerdas altas con los demás dedos. La técnica exige una coordinación que yo aún tenía que desarrollar, así que una vez más empecé a pasar horas enteras por la noche sentado en la orilla de la cama tocando.
Persistí en el aprendizaje, y poco a poco se fue abriendo ante mí todo un mundo de posibilidades en lo que al arte de la guitarra se refiere. Cuando estaba por cumplir 30 años comencé a tocar profesionalmente por la noche, casi siempre en antros humeantes, clubes de fraternidades benéficas y lugares por el estilo, en el sur de Virginia.
A mediados de los 80 me mudé a Los Ángeles, donde, en el bulevar Hollywood, encontré un acogedor bar llamado El Trébol. Durante casi un año y medio trabajé, de día, como articulista del Times de Los Ángeles, y todos los viernes y sábados por la noche tocaba ante un ruidoso pero atento público de obreros. Me pagaban 50 dólares y una cerveza por noche.
Aquellas actuaciones me divertían en grande, pero hicieron estragos en mi guitarra. El estrado no era alto, y no faltaba el parroquiano al que se le pasaran las copas y durante mi descanso la tirara de su soporte. En una ocasión hubo una pelea y un hombre la cogió para golpear a su adversario. Afortunadamente se estaba cayendo de borracho, así que pude arrebatársela antes de que la convirtiera en astillas.

Enamorarse de un instrumento musical es como enamorarse de una persona: hay que estar dispuesto a aceptarlo todo, no solamente los aspectos que nos atrajeron en un principio. Un buen instrumento es singular y veleidoso, y hace públicos lo mismo nuestros errores que nuestros aciertos.
Aun así, tocar la guitarra es para mí una inapreciable terapia de relajación, un rato de meditación diario que saboreo con placer. Pero tal vez lo que más me gusta de mi mejor amiga es la compañía y el consuelo que me brinda cuando me encuentro solo.
Así ocurrió cuando, hace algunos años, mientras vivía en Inglaterra, me enteré de la muerte de uno de mis más queridos mentores: Henry Mitchell, columnista del Post de Washington desde hacía largo tiempo. Cuando yo no era más que un nervioso neófito en el periodismo, Henry me acogió con su cálida hospitalidad y me allanó el camino para colaborar en un diario lleno de escritores consagrados y editores temibles. Desde entonces no dejó de ser mi amigo y mi maestro hasta que, en 1991, se jubiló.
Cuando partí para Inglaterra ya estaba enterado de que le habían diagnosticado cáncer de estómago y de que había estado hospitalizado un tiempo y sometido a tratamiento. Sin embargo, como lo vi animado y con buen semblante poco antes de partir, nunca imaginé que estaba a punto de perder a tan gran amigo.
Supe de su muerte casi un mes después de ocurrida, por una carta de mi madre. Por suerte, mi Gibson estaba a mi lado. Ella era mi fortaleza. Recordé que Henry tarareaba Amazing grace quedamente mientras escribíamos nuestras respectivas columnas sentados uno al lado del otro. Éste fue el réquiem que me vino a la mente, un réquiem sencillo y sentido, perdido en la bruma del tiempo. Mi guitarra sacó de inmediato la melodía, de tres acordes, y la convirtió en un himno para todo lo trágico… y para todo lo humano. Creo que a Henry la habría gustado cómo sonaba la vieja canción, tocada de un modo que el Viejo George habría aprobado.

Ahora vivo en Canadá, y mi guitarra sigue siendo mi más fiel y constante compañera. Como seguramente habrá de sobrevivirme, espero que termine en manos de alguien que la respete y la quiera. Los buenos instrumentos pueden vivir para siempre; sólo mueren de maltrato o de falta de uso. Es posible que su voz pierda potencia con el tiempo, pero también es posible que se enriquezca.
La voz de mi amiga ya no es tan clara ni potente como en otro tiempo, pero hoy canta con la confianza que da la mucha experiencia y miles de horas de alegría. En esa voz, cuando toco tal como debe ser, distingo las inconfundibles escuelas de viejos amigos que ya se fueron: Buddy Holly, Elvis, Lennon, Hendrix, Muddy Waters y hasta Sonny Bono. Y el ritmo continúa incesante.
*