Consejos para debutar como un viejo verde

La vida, ya se sabe, enseña miserias. Por ejemplo, hay un momento en que los hombres de edad madura advierten que las chicas ya no los miran. O peor aún: no los miran como antes. Eso no sucede de golpe.

Suele ser más bien un cambio paulatino. En la desolada novela de J. M. Coetzee, ‘Desgracia’, se menciona ese trance que nos revela la pérdida de atractivo que se produce en las personas con el paso de los años.

Yo ahora debuto en esto, y ya no me caben dudas de que muchos hombres en algún momento somos conscientes de nuestra pérdida de atractivo. Es una sensación de frío y de tristeza, más que de vacío. Hasta los treinta años, si alguien ha tenido un aspecto aceptable, siente regularmente miradas atentas o veladas. A los cuarenta, ese tipo de interés disminuye, y muchos (yo, entre ellos) la luchamos: seguimos sonriendo con gran estilo y haciendo más ejercicio para mantener el puntaje. Pero, bueno, pasados los cincuenta, a pesar de la buena voluntad y la tonicidad muscular ganada en el gimnasio, solo interesamos a viudas y a divorciadas. Ya todo es distinto.

En estas circunstancias tener un buen pasar ayuda en algo, claro, aunque no se consigue otra cosa que la turbia mirada de algunas chicas. Miradas metálicas de depredadoras, movidas por la ambición, no por el apetito físico. Ya no eres un hombre, sino un cajero automático. Y si se trata de chicas mayorcitas, serás a lo sumo el candidato a “compañero”, un buen partido. Naturalmente, queda la alternativa de hallar una dama elegante que te verá a su vez como un viejo guapo. Pero nada más.

Las chiquillas de veinte, de seguro, te dirán chau. Te besarán en la mejilla como a un tío simpático. Se reirán de ti. Ya no las “enciendes”. Y es que de pronto te has vuelto invisible; desde su punto de vista estás obsoleto, o les pareces casi un anciano, digno de lástima y de risitas compasivas cuando te esfuerzas en coquetear y seducir.

Entonces, si no eres tonto, empezarás una vida diferente.

Te dedicarás al sereno disfrute de mirar a las chicas, de reojo o bien de frente, como quien simula confundirlas con la hija de una amiga. Es el goce de la belleza por la belleza, el plácido e inofensivo voyeurismo. La tuya no será una mirada que reclama botín, pues este se ha vuelto inalcanzable. Sin embargo, no te engañes. Ellas, las maravillosas niñas sabias, saben por su instinto natural que detrás de tu mirada acecha un lobo hambriento, ese alegre y disponible mujeriego que fuiste en otra época.
Calma, viejo. Hay soluciones. A veces, digamos, no es mala idea irse de putas: tomar un Viagra de 100 mg y soltar una espléndida paga. Y si la muchacha que eliges es una profesional y sabe fingir, la experiencia valdrá la pena, ya que el contacto con la fresca piel de una muchacha joven es lo más cercano a una aventura espiritual.

¿Esto significa que somos zapatos viejos tirados al desván de las emociones románticas? Gracias a Dios, no es así. En esta decadente etapa de la vida, aunque las oportunidades son ínfimas, todavía (para los escritores) flotan maderos en el naufragio. Y es que gracias a las palabras de un cuento o de una novela que alguna vez escribiéramos, sobrevive en nosotros una misteriosa aura de extraño embrujo.

Anoche, en un bar, una chiquilla me abordó:

–¿Tú eres Fulano, el escritor?

Así es –respondí cordialmente–. Soy yo.

–Te he visto fotografiado en varios diarios y revistas, pero solo he leído de ti un cuento –recordó el título de mi cuento, y comentó: –Una historia escabrosa. Me pareces un tío enfermo y mañoso, de esos que idealizan y convierten en poesía sus bajas pasiones. Pero, en fin, eres muy humano.

Ser humano no es ningún mérito –dije con modestia.

La muchacha sonrió y dejó caer una mano para darme un pellizco.

–Mira, Fulano, yo me he acostado con un negro, con un chino, con un cojo, con un manco, etc. Nunca con un calvo. Tú eres un calvo, y a mí me intrigan los calvos. Eso falta en mi “currículum”.

Algunos somos diferentes –aseguré.

–¿En qué sentido?

En la manera de soñar.

–¿Cómo sueñas?

De este modo, como en esta conversación. Tú eres un sueño.
*

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