Su primer amor

January 21, 2015

Recorrían juntos el bosque. En alguna banca habían confesado estar enamorados, creer que ese sentimiento que les quitaba el hambre y el sueño y que los volvía torpes, distantes con los otros, ensimismados y huraños, era lo que se llama amor. Eran vecinos, una casa frente a la otra, las ventanas cómplices de sus miradas, de sus pactos, de su promesa de vivir para siempre cerca, unidos hasta la muerte. Aún eran niños, ella todavía lloraba al caer la tarde, cuando llovía, cuando veía algún pájaro al que lo habían herido. Adoraba trepar a los árboles, esconderse entre las hojas y sentirse parte de un olivo, de un palto.

No les interesaba saber si eran hermosos, si eran inteligentes, si serían triunfadores, no planeaban el futuro, solo querían encontrarse, estar juntos, saber que estaban vivos, sentir el suspiro  o la sonrisa del otro. Les gustaba tocarse, cerraban los ojos y como los ciegos, iban tocándose la frente, la ceja, la boca. Hacían apuestas, carreras interminables hasta el tronco de ese olivo, hasta la esquina, hasta el final de la cuadra, se quedaban mirando fijamente compitiendo en quien pestañeaba primero. También estudiaban juntos. Como él estaba un año adelantado le enseñaba algo de números y ella que adoraba la naturaleza, lo ayudaba a memorizar el nombre de las estrellas, las partes de las flores, le explicaba lo que era una península, una isla, que la mariposa había sido oruga y le daba detalles de la relación entre la abeja reina y los zánganos.
A nadie le pareció raro que pasasen la tardes coleccionando piedras, jugando en los corrales con las gallinas, que estuviesen durante horas mirando lo oscuro del cielo y lo deslumbrante de la luna, que no tuviesen otros amigos, que solo deseasen no separarse, no tener que despedirse para ir a dormir.
Recolectaban pequeñas lombrices, caracoles, pescados y arañas. Caminaban como equilibristas sobre los zócalos de las casas, hacían excursiones hasta otros barrios en los que crecían moras y podían llenarse los ojos de colores ante las jaulas repletas de pericos australianos y canarios. Intercambiaban confidencias, ella le decía que algún día sería actriz, que aparecería en medio de un escenario contando a los espectadores una historia que los hiciese llorar. El se quejaba de lo exigente que era su padre, le enseñaba las huellas de los golpes que le daba sin motivo. “Te haré hombre a punta de golpes”, era su frase favorita. Gateaban por los techos, iban a misa los domingos y alguna vez, los dos se quedaron dormidos en el bosque cansados de jugar a esconderse y encontrarse.

Cuando le dijo que se iría no lo pudo creer, tenía que acompañar a su papá a Nueva Jersey, que ahí tendría un buen trabajo, que acá le iba mal, que se hospedarían donde el hermano mayor de su padre que estaba allá hace años, que había creado una empresa de limpieza. Cuando le dijo que no sabía la fecha en la que iba a volver, que sería un año, tal vez dos, ella empezó a imaginar un mundo sin él, silencioso, vacío, sin risas ni cosquillas, sin contarse sus secretos ni repetir ese sueño insistente que le encantaba y que le parecía tan real en el cual era capaz de volar.
Al comienzo se escribieron cartas, una tras otra, en ellas se decían lo mucho que se querían, lo felices que habían sido mientras estuvieron juntos y lo inmensamente dichosos que volverían a ser cuando volviesen a encontrarse.
Espérame, -le pedía él.
De lejos amarse era difícil, cómo poder hacerlo si no veían juntos lo nuevo que sucedía, si él no estaba ahí para consolarla, (últimamente había visto varios pájaros heridos), caminar sola no tenía sentido, solo servía para extrañarlo más, para entristecerse y molestarse porque la vida le había quitado a quien más había querido. Las cartas se fueron espaciando. Hasta que en una oportunidad, cuando él y su familia empezaron a hablar de ir a Montreal dejando New Jersey, se acabó la comunicación.
(…)
Entonces recibió la llamada.

Quiero verte, -le había dicho-, ahora mismo, esta tarde, en la “Tiendecita Blanca”, a las cuatro.
Ella había aceptado sin detenerse a pensar, claro que ya no tenía ese deseo desesperado de verlo que había tenido durante mucho tiempo, aunque el alma se le había encogido al escuchar su voz que por supuesto reconoció, no sabía nada de él desde hacía tantos años, ella se había casado, tenía una hija, había pensado en él todos los días; cada vez que se sentía triste por cualquier motivo se refugiaba en su recuerdo y tenía la fantasía de estar, ahora de grandes, juntos, queriéndose como entonces. Le había escrito infinitas cartas que no habían tenido respuesta, había tratado de seguirle la pista preguntando por él a sus parientes, a los amigos que ya lo habían olvidado, parecía que la tierra se lo hubiese tragado. Ella llegó a pensar que había muerto en Vietnam, o enloquecido con la guerra, lo imaginaba perdido y desmemoriado en países lejanos a los que ella nunca podría llegar. A veces, con ánimo realista, se decía que la había olvidado, que ahora era un gringo más con su vida por allá, que habría estudiado marketing o publicidad y que trabajaba todas las horas del día, y que los fines de semana veía programas deportivos en la televisión, que su esposa era seria, incapaz de entender nuestro sentido del humor. Había tratado de figurarse a sus hijos sin conseguirlo. Dentro de sí tenia mucha rabia de que él no hubiese cumplido su promesa de regresar, volver a su vida para poder hacer realidad el pacto de permanecer unidos hasta la muerte.

No se puso a pensar en cómo lo vería, si había engordado o estaría calvo, tampoco en lo que ella había cambiado, lo único que quería era escuchar su explicación, tal vez sus mentiras, para poder decirle que no importaba, que ella había hecho su propia vida, que no lo había necesitado, que era feliz, que su marido acababa de ser ascendido en el banco, que ella misma estaba terminando su carrera de biología, que tenía una hija a la que adoraba, a la que no le permitía tener fantasías, y a quien desde ya le enseñaba que no se puede, así no más, ir por la vida haciendo falsas promesas de amor.

¿El señor D?, -tuvo que preguntar al encargado porque no podía reconocerlo. Le señalaron a un hombre de anteojos oscuros en la esquina, detrás de la columna. Estaba delgadísimo, el pelo lleno de canas, se lo veía enfermo, mal. El se puso de pie con gran esfuerzo. Ella trató de sujetarlo, de mirarlo con menos consternación.
¿Qué tienes?, -le preguntó.

Lo que imaginas, lo peor. Empezó con la vista, la pierdo del todo por momentos. La ciencia ya no puede hacer nada por mí. Cuando me dijeron que me quedaba poco tiempo de vida quise venir a verte. Te debía una explicación.
No me debes nada. Pidamos algo, disfrutemos del gusto de estar juntos.

Estás preciosa, más linda, ¿te casaste?
Sí, tengo una hija.
Los ojos se le llenaban de lágrimas, no soportaba sentir la alegría de estar otra vez con él y la pena por verlo tan enfermo.
La vida allá no es tan fácil como se cree. Tienes que ganarte la calle, defenderte, hacer lo que los otros hacen, no temerle a nada ni a nadie, beber. Me metí en problemas. Mi padre jamás quiso aceptar lo que soy. Seguía pegándome. Insistía en que fuese lo que no puedo ser. Antes de partir a Canadá, con la excusa de un curso jalado en la universidad, me dijo que yo no los acompañaría, me hizo sentir que era un estorbo. Me quitó todo su apoyo. Hasta llegó a pedirme que me cambiase de nombre para que no me llamase como él. Estar sin él, liberado de su incomprensión resultó un alivio pero seguí teniendo problemas. Era muy duro vivir sin familia, tuve que ingeniármelas. En los años que tengo, viví lo que los otros no vivieron en noventa años.

No tienes que contarme todo esto, cuéntame otras cosas. ¿Cómo es de cerca la estatua de la libertad?, -dijo ella tratando de disimular su impresión.

He venido solo unos días con mi amigo Michael, él sabía lo importante que era para mí verte, él ha pagado los pasajes. Mike y yo vivimos juntos hace mucho tiempo en Los Angeles. Con él me atreví por primera vez a ser yo mismo. Somos una pareja, ¿entiendes? Nunca pude venir a verte. Cuando estaba desesperado por la falta de dinero o por la ausencia de mi familia, pensaba en ti, me acordaba de nuestro tiempo en el bosque, de lo mucho que te quería, de lo mucho que te quiero, eres la única mujer que pude querer.

Yo he pensado siempre en ti. Quería que regresaras.
Mi vida no fue como la había soñado. Ya no tengo fuerzas para hacer proyectos, para luchar y mucho menos para salir adelante. Me hubiera gustado que todo fuese distinto. Lo siento tanto. Perdóname.

¿Cuánto tiempo te quedas? Me encantaría invitarte a comer, que conozcas a Rafael, a la niña.

Se quedaron callados, ella estiró los dedos hasta alcanzar los suyos, luego se cambió de sitio pasándose a su lado, lo abrazó, se quedó colgada de su brazo sintiéndolo tan cerca, se miraban de rato en rato, recordando y descubriendo. El tiempo no había pasado, ella volvió a sentir su agradable protección. De pronto, un pianista empezó a tocar música de la nueva ola, melodías románticas como un homenaje al pasado. Permanecieron juntos hasta que cayó del todo la tarde, no les interesaba saber si eran hermosos, si eran inteligentes o si serían triunfadores, no planeaban el futuro, solo querían encontrarse.
*

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