Esas inservibles lonjas de plastico negro

Arqueología Reciente: Esas inservibles lonjas de plástico negro
(4 de diciembre de 1991)

Un amigo de colegio se aferraba a cierto borrador de goma aromática que trajo consigo de un viaje a Miami y que cargó durante años en su cartuchera, hasta que la pequeña pelotita de jebe era poco menos que un guijarro sucio y sólo servía para estropear la tarea. Probablemente todavía lo guarda en alguna parte. Si se descuida, cualquier día de éstos su señora, o algún otro ser desalmado, sepulta ese entrañable objeto en un tacho. Que es, por supuesto, el lugar que le corresponde.

El avance de la tecnología decreta la obsolescencia inapelable de ciertos objetos, aunque a ellos nos vinculen emociones que rara vez prodigamos a seres de carne y hueso, sobre todo de la variedad que camina erguida.
Estas líneas las escribo en una computadora que debió venderse hace años. No tiene disco duro ni nada que se le parezca. Su pantalla y memoria son diminutas para los parámetros actuales. Abrir un documento demora lo suficiente para hacer un viaje de ida y vuelta a la cocina en busca de (más) café. Si el documento es ‘grande’ –y en esta máquina grande quiere decir cualquier cosa sobre los 20 kilobytes– el tiempo de espera alcanza para una excursión al Haití.
Si aún no me deshago de la Macintosh 512 no es sólo por cuestiones económicas, aunque éstas tienen algo que ver: hace ocho años la máquina me costó el equivalente de lo que hoy se paga por una 386 con impresora láser y aire acondicionado. Si quisiera venderla, no me darían su peso en cartón.
Con esta computadora ingresé a la autoedición, usando un programa que el otro día me sirvió para un viaje nostálgico y hoy parece de juguete: PageMaker 1.2.
Con esta computadora hice mis primeros artículos periodísticos y mis últimos trabajos para la universidad. Venderla sería como abandonar a un perro fiel, sólo porque está viejo, ciego, pulgoso, huele mal y hace fruncir el ceño de visitas que carecen de tacto y sensibilidad.

El fin de semana estuve cinco minutos en una tienda ‘subte’ de Miraflores, y salí sintiéndome veinte años más viejo, por razones que pasaré a explicar si se me permite una digresión. Felizmente mi padre no es un seguidor asiduo de esta columna, porque recurriré a una anécdota que él preferiría olvidar.
Fue hace varios años. Aprovechando una mudanza –operación que hace estallar un volumen nunca imaginado de objetos inútiles– mi madre, siguiendo un impulso común a todas las mujeres, descartó sin miramientos media tonelada de objetos ajenos, calificados por su autoridad superior como ‘cachivaches’. Recuerdo vagamente al ropavejero que cargó su triciclo con grabaciones antediluvianas de jazz, en 78 RPM. Cuando mi padre supo el destino de las referidas reliquias, sus lamentos alcanzaron proporciones míticas. Prometeo no aulló con tanta furia.

Poco después mi hermano mayor llegó de visita a nuestra nueva casa. Estudiaba en los Estados Unidos y empezaba a cultivar una tibia afición por el jazz. Se pasó varias horas refiriéndole a mi padre –título por título– los precios exorbitantes que se pagaban por esas primeras ediciones de Duke Ellington (que mi madre cambió por una batea de plástico) en las tiendas especializadas de Nueva York.
Todavía no habían discos láser (CDs), o de repente sí. En algún laboratorio de Holanda, un equipo de ingenieros desalmados gestaba la destrucción de nuestra historia personal. En cambio empezaban a editarse grabaciones ‘electrónicamente depuradas’ de esos discos que mi madre había descartado y que –en honor a la verdad– no podían ser escuchados sin grave riesgo para la aguja del aparato y los oídos. En desagravio, la discoteca de la casa empezó a llenarse con grabaciones de jazz clásico en 33 RPM, discos nuevos como el Nuevo Sol y de excelente fidelidad.
La colección de nosotros, los chicos, avanzaba, modestamente por otros rumbos. Jethro Tull, Elton John, Cat Stevens, Santana, Grand Funk. Mi hermana escuchaba a un engendro, Engelbert Humperdinck. Allí está, en algún lugar de la casa, esa funda donde aparece el abominable Humperdinck vestido de smoking con bobitos.

Entonces llegó el disco láser (CD) y fue el fin del mundo como lo conocemos. Mi padre se compró su primer compacto hace un par de años y hoy tiene una colección respetable. Después de la trágica desaparición de sus bienamados 78, quedó expedito para el cambio, y su adaptación, ayudada por circunstancias económicas favorables, ha sido rápida e indolora. No puedo decir lo mismo, y aquí es donde esta crónica engancha con el presente.
Paradójicamente, la tienda ‘subte’ a la que entré queda en un segundo piso. No tiene cartel ni identificación alguna en la puerta. Se ingresa por el garaje de un edificio en Diagonal. La calificación ‘subte’ vale por ser ése el género musical y los parroquianos que dominan la escena: hard rock, ruido para chiquillos sordos. También se ofertan polos con calaveras étnicas en colores fosforescentes y otros distintivos de retardo mental inducido por la droga. Hay algunos anaqueles, los menos, con música de otros géneros. Lo que no hay en esa tienda semiclandestina es un solo disco de verdad. Todos son chiquitos y brillantes. Todos son láser (CD).

Al distinguir unas fundas del tamaño ‘normal’, sentí por un instante revivir un vínculo con el pasado. Cogí el disco: era un Homenaje a John Coltrane y costaba 60 dólares. Le pregunté a la chica por qué los discos normales eran más caros que los láser. Ella no pudo ocultar cierto desprecio:
‘Ese disco es un video-digital (LaserDisc)’, me informó bruscamente.

Qué viejos nos hace el futuro.
*

LaserDisc

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