Perdida y redencion

August 22, 2016

Pérdida & Redención
Modern Love. De cómo una mujer atravesó un mes de diciembre que le hizo vivir dos experiencias opuestas: la muerte de su madre y el nacimiento de su hija

Perdidayredencion

La tarde en que murió mi madre, ella había salido temprano de trabajar. Su día como programadora de sistemas en el Chase Manhattan Bank había terminado de manera repentina gracias a una falla en el sistema de computación, por lo que se les dio la tarde libre a todos los empleados. Era fines de diciembre. Mi cumpleaños número dieciséis. El frío era gris, sin nieve, pero hacía que el pasto crujiera al pisarlo.
Estábamos lo suficientemente cerca de la Navidad como para que un par de horas de tranquilidad se asemejaran a un regalo. O, en el caso de mi madre, a una maldición.

En lugar de aprovechar esas horas para hacer algo de compras de último minuto o para ir a tirarse al sofá, ella ordenó su escritorio metódicamente, manejó su Honda en dirección a casa, se preparó una taza de café turco y se ahorcó en nuestro garaje.
Veinte años más tarde, mi padre insiste en que no hubiera muerto ese día si el sistema no se hubiera caído. Puede que tenga razón. El trabajo le daba a mi madre una estructura que enclaustraba su locura dentro de su interior, aunque sea por momentos. El ocio traía consigo problemas.
Mis recuerdos siempre muestran a mi madre trabajando en algo: cocinando, despierta toda la noche sacando el empapelado de la pared, estudiando concienzudamente gruesos libros de texto para obtener su maestría. En las películas caseras se nos ve a mi hermana y a mí, de piernas largas y cuerpos pequeños, bailando y haciendo gimnasia delante de la cámara, mientras mi madre aparece en el fondo, lavando platos o atravesando el encuadre en dirección a algún otro sitio.
A pesar de que mi mamá trabajaba a tiempo completo, mi hermana y yo nunca levantamos un dedo en esa casa. Era inmaculada, sin pilas de cosas y mareas de polvo que caracterizan actualmente a mi propia casa.
La locura de mi madre se iba filtrando de una forma tan sutil que mi padre, un optimista hasta el final, era capaz de ignorarla, creyendo que mejoraría por sí sola. En mi casa, no se hacían preguntas del tipo “¿qué tal te va?” o “¿cómo te sientes?” O, si se hacían, permanecían sin contestarse. Mi hermana y yo comíamos a solas en nuestras habitaciones frente a parpadeantes televisores en blanco y negro.
Nunca me contaron de los dos intentos de suicidio anteriores de mi madre y nunca lo hubiese adivinado. En mi mente, las personas con tendencias suicidas deliraban y echaban pestes. Las locas eran encerradas en áticos, donde gemían y arrastraban cadenas. Ocasionalmente, incendiaban una casa de campo. Definitivamente, no iban a hacer las compras ni dejaban a sus hijos en la piscina comunitaria en su camino a la oficina.
Por llamadas recibidas en nuestro teléfono rotativo amarillo de la cocina, me enteré de que mi madre veía a una psicóloga, una mujer llamada Bárbara que ella trataba de hacer pasar como su amiga. Pero a mí no me engañaba. Mamá no tenía amigas.

Cuando cumplí catorce años mi madre empezó a dormir en el piso de la sala de estar y a usar un sombrero de esquí gris con tres franjas blancas. Parecía que solo tomaba un café arenoso y vino tinto servido directamente de botellas de cerca de cuatro litros que guardaba debajo del lavadero de la cocina. Me mandaba a mí a la pizzería a recoger nuestro pedido pues estaba convencida de que los hombres que hacían volar la masa por los aires hablaban sobre ella apenas les daba la espalda.
Mientras me arrastraba dentro de mi burbuja adolescente muy poco de lo que cuento ahora era registrado por mí como alarmante. Así es como eran todas las familias. A medida que la locura de mi madre se amplificaba, ella empezó a creer que nuestra casa tenía micrófonos ocultos y que su jefe estaba intentando hacerle daño. Sin embargo, mientras hubiera un programa de computadora que escribir o una alfombra que aspirar, se podía tener la certeza de que ella no solo lo haría, sino que lo haría bien.
En su empeño de hacer que las cosas se hagan o de vivir una vida ordenada, mi madre no se dio cuenta de que estaba dejando de lado todos los aspectos que por lo general nutren la vida familiar: reírse de cosas tontas, echarse en el sofá abrazando a los seres queridos, compartir una buena comida, el placer táctil de tener a los niños gateando sobre uno en medio de risas. Sin todo eso, la vida familiar no es sino una serie infinita de tareas insignificantes: superficies y narices que limpiar, platos y cuerpos que lavar, prendas blancas y de colores que doblar, una y otra vez, en una sucesión que va absorbiéndonos el alma.
En la mañana del día que mi madre murió, me encaminé hacia la puerta para tomar el bus de las 7:10 que me llevaría al colegio. Mi madre y mi hermana de doce años recién se estaban levantando del lugar donde dormían en la alfombra gris de la sala. Me cantaron “Feliz cumpleaños” a coro, la hermosa voz grave de mi madre escarchada con la voz de pequeña soprano que tenía mi hermana.
Ocho horas más tarde bajé feliz de mi bus pues pensaba pasar la tarde viendo telenovelas, pero me decepcioné cuando vi el auto de madre estacionado en la calle. Dejé mi mochila en una silla junto a la ventana, acaricié las orejas polvorientas del perro y llamé: “¿Mamá?”.
Su cartera estaba en la mesa. Busqué en todos los cuartos pero estaban vacíos. Luego abrí la puerta de garaje y dejé de respirar.
Cerré la puerta, subí las escaleras y salí; me senté en la entrada de concreto de la casa, mirando hacia la calle. Las casas de dos pisos que se sucedían a lo largo de la calle curva tenían algo en común: no había nadie. Todos los padres de mi vecindario trabajaban y como yo había tomado un bus más temprano de lo que acostumbraba, los niños tampoco estaban.
Me senté inclinada sobre mis piernas, abrazándome las canillas, mientras mi corazón se desaceleraba. Finalmente me puse de pie, abrí la puerta, regresé a casa y marqué el 911.

Los días que siguieron mi padre, mi hermana y yo nos tambaleamos en un mar de torpeza. La esposa de un amigo de mi padre me compró un vestido para usar en el funeral, una monstruosidad marca Gunny Sax de terciopelo color granate con mangas tiesas y adornos de encaje.
Los funerales de por sí son bastante duros; pero el funeral de una persona que se ha suicidado es una prueba hasta para la persona socialmente más hábil. Cuando todos los “gracias por venir” mencionados de manera robótica terminaron, mi hermana intentó abrir el ataúd cuando nadie la miraba. Mi padre la detuvo justo en el momento en que iba a levantar la tapa. “Solo quería verla”, le explicó de manera casi inaudible.
Otros detalles debían ser afrontados, cosa que me hizo probar por primera vez el sabor metálico que caracteriza a las tareas propias de la adultez. Era la primera vez en la vida en que me habían organizado una fiesta formal de cumpleaños en un salón de baile local. Los recuerdos que iban a entregarse al final de la fiesta –cajitas color claro repletas de chocolates Hershey’s kisses y decorada con corazones rosados y color plata– se quedaron en bolsas en el garaje, esperando.
Pero no habría fiesta alguna. Levanté el teléfono y dije una y otra vez, “Lo siento, pero mi fiesta por los 16 años ha sido cancelada”. Cuando terminé, un sudor frío recorría mis muñecas, mojándome las mangas. No lloré.
El día que la fiesta iba a llevarse a cabo, fui a la tienda Loehmann’s con mi padre. El traje que mi madre había elegido para la ocasión, un vestido tubo de lana gris con mangas largas, descansaba sobre el mostrador. El vendedor le dijo a mi padre que no podía devolver el vestido. Mi papá lo miró y respondió, “pero ella ha muerto”. Aceptaron la devolución.

Y apenas pude, huí. Primero a la universidad, luego a un lugar lo más alejado posible de Long Island: San Francisco. Todas las noches me metía en un vestidito negro, mallas y botas de plataforma e intentaba cicatrizar de alguna forma, mirando sin parar a muchachos que imitaban a Kurt Cobain o a chicos con sombreros a los Fred Astaire que cantaban canciones de Louis Armstrong de manera lastimera. O moviendo la cabeza al ritmo de la música que ponían DJs totalmente rapados desde las esquinas de antiguos almacenes, mientras que cientos de personas deliraban, agitando botellas de agua sobre sus cabezas hasta que el sol lanzaba sus débiles rayos a través de los sucios tragaluces.
Pagaba 365 dólares de alquiler. Tenía algunos ahorros; trabajar parecía opcional, al igual que la estabilidad. A lo largo de la década siguiente tuve diez departamentos, trece trabajos y, por lo menos, esa misma cantidad de novios. Conocí a Dave en un festival de cine, mientras esperaba en cola para entrar a ver una película llamada Mejor Que El Sexo. Empezamos a ver películas juntos, escogiendo siempre filmes con la palabra “sexo” en el título. Meses después de que nos vimos todas las películas sobre fornicar sin haberlo hecho nosotros mismos, él finalmente me besó bajo un farol fuera de la puerta de entrada de su casa. Yo estaba usando botas de cuero negro hasta las rodillas. Él, pantuflas forradas en lana de oveja.
Me llamaba todos los días. Me escuchaba. Sonreía bastante. Me decía que era hermosa. Inventaba canciones a ritmo de rap que hablaban sobre nuestro amor. Quería hablar acerca de todo, desde política hasta de mi periodo. Quería tener hijos. Era, como decía el papá de mi mejor amiga, “un buen ciudadano”.
Encontramos juntos una casita de la década de 1920 ubicada en una calle con casas españolas de estilo mediterráneo de todos los colores del arco iris. Decidimos pagar a medias la cuota inicial de la casa y empezamos a empacar. Mientras manejaba bajo una lluvia torrencial en dirección al lugar donde íbamos a firmar el título de propiedad de nuestra casa, enloquecí. Yo no puedo con la estabilidad.
Me convencí a mí misma de que Dave era un estafador que había planificado un elaborado engaño para birlarme mi parte de la inicial. El año que habíamos pasado juntos no era sino el montaje para el golpe. Ahora iba a ser despojada de veinticinco mi dólares y de un novio. En solo cuestión de un momento viviría en la calle, absolutamente sola, la víctima de aspirar demasiado alto.
Mis manos temblaban cuando llegué al lugar donde firmaríamos. Dave estaba parado ahí, con un paraguas, esperando para acompañarme los diez pasos que separaban la vereda del edificio. Ocho meses después, cuando regresamos de nuestra luna de miel, él me cargó, subió las inestables escaleras de la entrada y cruzó el umbral antes de colapsar por el esfuerzo en el sofá azul de nuestra oficina. Pasados otros ocho meses, una tira de plástico con una raya rosada nos hizo saber que nuestros planes de remodelación tendrían que esperar.

En mi primera visita, el ginecólogo calculó la fecha de nacimiento del bebé: mi cumpleaños. Me horroricé de pensar que mi día de infamia personal sería compartido por la siguiente generación de mi familia. Mis amigos le dieron la vuelta al asunto de una manera hermosa: “Será una forma de sanar. Tendrás de nuevo ese día para ti”.
Las contracciones no fueron fuertes hasta la noche de Navidad, cuatro días después de que cumplí treinta y seis años. Cincuenta y seis horas después de los primeros temblores en mi vientre y tres horas después de que se me pasó el efecto de la epidural, empujé a mi hija a la vida.
No estaba pensando en mi madre. Ni en mi hermana, que se quedó todo el rato en la cabecera de mi cama animándome mientras yo sentía que mi cuerpo se estaba partiendo en dos. Ni en Dave, que miraba entre lágrimas cómo salía Pascale. No pensé en nada, solo me quedé echada ahí, en un estado de shock debido al dolor y al cansancio. Pero cuando finalmente me trajeron su cuerpo que parecía un pollo crudo, lo primero que pensé fue que se parecía a mi madre.
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Anne Marie Field
The New York Times
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Recuerdos tercerizados

April 22, 2015

¿Y la memoria fotográfica? Bien, gracias.

Los recuerdos pueden ser desencadenados por experiencias sensoriales: el sonido de una canción en particular; el olor de un platillo que solía preparar nuestra abuela; fotografías de momentos pasados con amigos y familiares. Sin embargo, hay una diferencia entre las imágenes que conservamos en nuestras mentes, que incorporan el contexto y la interpretación de una situación, y las que son capturadas por una cámara, que no lo hacen. Y las segundas, sugieren investigaciones, moldean cada vez más lo que recordamos.

Un estudio realizado por Linda Henkel, profesora de psicología en la Universidad de Fairfield, en Connecticut, examinó este “efecto de deterioro por tomar fotografías”. Se pidió a los participantes en el estudio que fotografiaran ciertas obras durante un recorrido guiado por un museo de arte y que simplemente observaran otras.
El resultado: los participantes recordaron menos detalles sobre las obras que habían fotografiado, “al tiempo que le transfieren su memoria a la cámara”, escribió Teddy Wayne en The New York Times.
Además de afectar qué recuerdos conservamos, las imágenes también parecen moldear la forma en que recordamos las cosas, sugirió Henkel. “Hay una perspectiva de ‘observador’, en tercera persona, en comparación con una ‘perspectiva de campo’ a través de tus propios ojos”, dijo a The Times. “Las fotografías parecen desplazarnos a esa perspectiva de observador, al distanciarnos de algún modo, así que claramente es un recuerdo reconstruido”.
Este fenómeno se generaliza ahora con la creciente omnipresencia de los teléfonos inteligentes: se calcula que el 80 por ciento de los adultos del mundo poseerán un teléfono inteligente para el 2020, ha reportado The Economist.

Y además de nuestros recuerdos individuales, las imágenes también pueden afectar nuestra memoria colectiva, particularmente en las películas que son éxitos de taquilla.
Un ejemplo son algunas de las nominadas a mejor película en los Premios de la Academia de este año que estuvieron basadas en acontecimientos reales: “Selma: El Poder de un Sueño”, “Francotirador”, “El Código Enigma” y “La Teoría del Todo”, las cuales fueron criticadas por alterar la verdad.
“Podría uno pensar: ¿de verdad importa? ¿Acaso no podemos mantener el mundo cinematográfico separado del mundo real?”, escribió Jeffrey M. Zacks, profesor de psicología y radiología en la Universidad Washington, en St. Louis, Missouri, en The Times. “Desafortunadamente, la respuesta es no”.
Un motivo, sugirió, es que nuestras mentes son buenas para recordar lo que vemos o escuchamos, pero no para recordar la fuente de la información.
Así que cuando se pidió a los participantes de una investigación que leyeran ensayos confiables y fidedignos sobre un acontecimiento histórico y luego vieran una película con imprecisiones sobre el tema, “los estudiantes incluyeron casi una tercera parte de los hechos falsos de las películas en pruebas posteriores”, escribió Zacks.
Así ocurrió incluso en un estudio en el que se pidió explícitamente a los participantes que buscaran las imprecisiones en los videos.

Sin embargo, eso no quiere decir que nuestra memoria colectiva se vuelva más profunda. Al contrario, lo que alguna vez fueron 15 minutos de fama son ahora más bien “15 segundos de nanofama”, gracias a la cantidad aparentemente infinita de videos que circulan en línea y que son cada vez más breves.
“Al tiempo que el medio se hace pequeño, también lo hace la fama”, escribió Alex Williams en The Times.
Por otra parte, esta celebridad de corto periodo de atención podría no ser algo totalmente negativo. Si una imagen es difícil de tolerar, al menos no durará mucho.
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Tess Felder
The New York Times
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Mi guitarra, mi amiga

April 8, 2015

Es una compañera con la que he compartido tristezas y alegrías, momentos importantes y ocasiones triviales.

Mi mejor amiga está en un rincón. Me espera paciente, callada, elegante y tentadora mientras trabajo. Pero yo no suelo hacerle caso hasta por la noche, una vez que he terminado la jornada. Es entonces cuando puede cantar.
No recuerdo exactamente cuándo compré mi guitarra, una Gibson 1962, pero fue hace más de 20 años. En ese entonces las Gibson nuevas costaban de 1000 dólares para arriba, pero ésta era usada y sólo me costó 250, lo que para mí representaba una pequeña fortuna: mucho más que un mes de alquiler.
Pero era una ganga. La tapa, de madera de picea, tenía un dibujo de sol radiado que brillaba con intensos visos anaranjados, ambarinos y rojos.
Tenía la caja ancha, de espléndida caoba, en incrustaciones de madreperla en la cabeza. Contra lo que era usual en las guitarras de entonces, tenía un puente cromado en vez de un cordal con espigas para sujetar las cuerdas por el extremo opuesto al de las clavijas.
Tiempo después, en un lamentable arranque de vanidad e insensatez, la pinté de negro para no desentonar con la imagen de una banda de aficionados en la que toqué durante poco tiempo, y en la que todo era de ese color.

El hombre que me vendió la Gibson no quería desprenderse de ella, pero saltaba a la vista que no le quedaba más remedio. Vivía en un remolque destartalado con su mujer y varios hijos, y era claro que tenía apuros de dinero. También se notaba que la guitarra era una vieja amiga suya, pues el mástil de palo de rosa tenía el desgaste de muchos años de uso. En fin, después de pedirme que la cuidara, tomó el dinero y se despidió con tristeza.
Quedé encantado desde el primer momento en que rasgué las cuerdas. Aquel instrumento tenía una resonancia potente y grave que yo no había escuchado, y argentinos tonos agudos que parecían campanas.

Mi pasión por las guitarras data de mediados de los 60. Al igual que tantos adolescentes, yo quería hacer Rock and roll como John Lennon, cantar canciones populares como Bob Dylan y tocar blues como B. B. King.
Cuando yo tenía 14 años, mi madre, que era una buena pianista, sintió deseos de aprender a tocar la guitarra. Compró un instrumento clásico, barato pero servible, y un libro de acordes para principiantes. Un buen día se me ocurrió ‘tomarlo prestado’ y, una vez que lo tuve en mi cuarto, mamá no volvió a verlo.
Recuerdo como si fuera ayer las horas que pasaba sentado al borde de la cama, muchas veces a altas horas de la noche, con la lengua entre los dientes en intensa concentración, esforzándome por pisar firmemente las cuerdas a pesar de tener las yemas ampolladas y doloridas. Y, cuando por fin pude tocar tres acordes seguidos con fuerza y resonancia, quedé prendado.
La primera pieza que me aprendí de memoria fue Blowin’ in the wind, de Bob Dylan, pero no me sentía capaz de tocarla delante de nadie más, así que me encerraba en mi cuarto y la cantaba muy quedo, imaginándome que actuaba ante un público de admiradores. Poco a poco me fui adaptando a la guitarra, hasta que llegó a ser una compañera indispensable para mí.

Cuando estaba en la universidad, a principios de los 70, un guitarrista negro de mucha edad al que llamábamos Viejo George me inició en el difícil arte de tocar sin púa, directamente con los dedos.
George era un músico ambulante que llevaba una maltrecha Gibson al hombro y a menudo nos acompañaba cuando, en las tardes soleadas de fin de semana, mis compañeros y yo nos sentábamos en la escalinata del dormitorio de la universidad a tocar y cantar. Era un hombre de pequeña estatura, de pelo entrecano, manos enormes y dedos nudosos. Le gustaba tocar como se tocan las guitarras Dobro, planas sobre el regazo, y solía usar un capotasto corredizo de vidrio cuando interpretaba una pieza de blues. También sacaba de oído fácilmente muchas canciones populares que exigían posturas difíciles de los dedos. En seguida me decidí a aprender aquel apasionante arte.
El Viejo George me enseñó pacientemente la técnica ‘cruzada’, que consiste en la alternancia rítmica del acompañamiento, tocado en las cuerdas bajas con el pulgar, y la melodía, tocada en las cuerdas altas con los demás dedos. La técnica exige una coordinación que yo aún tenía que desarrollar, así que una vez más empecé a pasar horas enteras por la noche sentado en la orilla de la cama tocando.
Persistí en el aprendizaje, y poco a poco se fue abriendo ante mí todo un mundo de posibilidades en lo que al arte de la guitarra se refiere. Cuando estaba por cumplir 30 años comencé a tocar profesionalmente por la noche, casi siempre en antros humeantes, clubes de fraternidades benéficas y lugares por el estilo, en el sur de Virginia.
A mediados de los 80 me mudé a Los Ángeles, donde, en el bulevar Hollywood, encontré un acogedor bar llamado El Trébol. Durante casi un año y medio trabajé, de día, como articulista del Times de Los Ángeles, y todos los viernes y sábados por la noche tocaba ante un ruidoso pero atento público de obreros. Me pagaban 50 dólares y una cerveza por noche.
Aquellas actuaciones me divertían en grande, pero hicieron estragos en mi guitarra. El estrado no era alto, y no faltaba el parroquiano al que se le pasaran las copas y durante mi descanso la tirara de su soporte. En una ocasión hubo una pelea y un hombre la cogió para golpear a su adversario. Afortunadamente se estaba cayendo de borracho, así que pude arrebatársela antes de que la convirtiera en astillas.

Enamorarse de un instrumento musical es como enamorarse de una persona: hay que estar dispuesto a aceptarlo todo, no solamente los aspectos que nos atrajeron en un principio. Un buen instrumento es singular y veleidoso, y hace públicos lo mismo nuestros errores que nuestros aciertos.
Aun así, tocar la guitarra es para mí una inapreciable terapia de relajación, un rato de meditación diario que saboreo con placer. Pero tal vez lo que más me gusta de mi mejor amiga es la compañía y el consuelo que me brinda cuando me encuentro solo.
Así ocurrió cuando, hace algunos años, mientras vivía en Inglaterra, me enteré de la muerte de uno de mis más queridos mentores: Henry Mitchell, columnista del Post de Washington desde hacía largo tiempo. Cuando yo no era más que un nervioso neófito en el periodismo, Henry me acogió con su cálida hospitalidad y me allanó el camino para colaborar en un diario lleno de escritores consagrados y editores temibles. Desde entonces no dejó de ser mi amigo y mi maestro hasta que, en 1991, se jubiló.
Cuando partí para Inglaterra ya estaba enterado de que le habían diagnosticado cáncer de estómago y de que había estado hospitalizado un tiempo y sometido a tratamiento. Sin embargo, como lo vi animado y con buen semblante poco antes de partir, nunca imaginé que estaba a punto de perder a tan gran amigo.
Supe de su muerte casi un mes después de ocurrida, por una carta de mi madre. Por suerte, mi Gibson estaba a mi lado. Ella era mi fortaleza. Recordé que Henry tarareaba Amazing grace quedamente mientras escribíamos nuestras respectivas columnas sentados uno al lado del otro. Éste fue el réquiem que me vino a la mente, un réquiem sencillo y sentido, perdido en la bruma del tiempo. Mi guitarra sacó de inmediato la melodía, de tres acordes, y la convirtió en un himno para todo lo trágico… y para todo lo humano. Creo que a Henry la habría gustado cómo sonaba la vieja canción, tocada de un modo que el Viejo George habría aprobado.

Ahora vivo en Canadá, y mi guitarra sigue siendo mi más fiel y constante compañera. Como seguramente habrá de sobrevivirme, espero que termine en manos de alguien que la respete y la quiera. Los buenos instrumentos pueden vivir para siempre; sólo mueren de maltrato o de falta de uso. Es posible que su voz pierda potencia con el tiempo, pero también es posible que se enriquezca.
La voz de mi amiga ya no es tan clara ni potente como en otro tiempo, pero hoy canta con la confianza que da la mucha experiencia y miles de horas de alegría. En esa voz, cuando toco tal como debe ser, distingo las inconfundibles escuelas de viejos amigos que ya se fueron: Buddy Holly, Elvis, Lennon, Hendrix, Muddy Waters y hasta Sonny Bono. Y el ritmo continúa incesante.
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Consejos para debutar como un viejo verde

March 26, 2015

La vida, ya se sabe, enseña miserias. Por ejemplo, hay un momento en que los hombres de edad madura advierten que las chicas ya no los miran. O peor aún: no los miran como antes. Eso no sucede de golpe.

Suele ser más bien un cambio paulatino. En la desolada novela de J. M. Coetzee, ‘Desgracia’, se menciona ese trance que nos revela la pérdida de atractivo que se produce en las personas con el paso de los años.

Yo ahora debuto en esto, y ya no me caben dudas de que muchos hombres en algún momento somos conscientes de nuestra pérdida de atractivo. Es una sensación de frío y de tristeza, más que de vacío. Hasta los treinta años, si alguien ha tenido un aspecto aceptable, siente regularmente miradas atentas o veladas. A los cuarenta, ese tipo de interés disminuye, y muchos (yo, entre ellos) la luchamos: seguimos sonriendo con gran estilo y haciendo más ejercicio para mantener el puntaje. Pero, bueno, pasados los cincuenta, a pesar de la buena voluntad y la tonicidad muscular ganada en el gimnasio, solo interesamos a viudas y a divorciadas. Ya todo es distinto.

En estas circunstancias tener un buen pasar ayuda en algo, claro, aunque no se consigue otra cosa que la turbia mirada de algunas chicas. Miradas metálicas de depredadoras, movidas por la ambición, no por el apetito físico. Ya no eres un hombre, sino un cajero automático. Y si se trata de chicas mayorcitas, serás a lo sumo el candidato a “compañero”, un buen partido. Naturalmente, queda la alternativa de hallar una dama elegante que te verá a su vez como un viejo guapo. Pero nada más.

Las chiquillas de veinte, de seguro, te dirán chau. Te besarán en la mejilla como a un tío simpático. Se reirán de ti. Ya no las “enciendes”. Y es que de pronto te has vuelto invisible; desde su punto de vista estás obsoleto, o les pareces casi un anciano, digno de lástima y de risitas compasivas cuando te esfuerzas en coquetear y seducir.

Entonces, si no eres tonto, empezarás una vida diferente.

Te dedicarás al sereno disfrute de mirar a las chicas, de reojo o bien de frente, como quien simula confundirlas con la hija de una amiga. Es el goce de la belleza por la belleza, el plácido e inofensivo voyeurismo. La tuya no será una mirada que reclama botín, pues este se ha vuelto inalcanzable. Sin embargo, no te engañes. Ellas, las maravillosas niñas sabias, saben por su instinto natural que detrás de tu mirada acecha un lobo hambriento, ese alegre y disponible mujeriego que fuiste en otra época.
Calma, viejo. Hay soluciones. A veces, digamos, no es mala idea irse de putas: tomar un Viagra de 100 mg y soltar una espléndida paga. Y si la muchacha que eliges es una profesional y sabe fingir, la experiencia valdrá la pena, ya que el contacto con la fresca piel de una muchacha joven es lo más cercano a una aventura espiritual.

¿Esto significa que somos zapatos viejos tirados al desván de las emociones románticas? Gracias a Dios, no es así. En esta decadente etapa de la vida, aunque las oportunidades son ínfimas, todavía (para los escritores) flotan maderos en el naufragio. Y es que gracias a las palabras de un cuento o de una novela que alguna vez escribiéramos, sobrevive en nosotros una misteriosa aura de extraño embrujo.

Anoche, en un bar, una chiquilla me abordó:

–¿Tú eres Fulano, el escritor?

Así es –respondí cordialmente–. Soy yo.

–Te he visto fotografiado en varios diarios y revistas, pero solo he leído de ti un cuento –recordó el título de mi cuento, y comentó: –Una historia escabrosa. Me pareces un tío enfermo y mañoso, de esos que idealizan y convierten en poesía sus bajas pasiones. Pero, en fin, eres muy humano.

Ser humano no es ningún mérito –dije con modestia.

La muchacha sonrió y dejó caer una mano para darme un pellizco.

–Mira, Fulano, yo me he acostado con un negro, con un chino, con un cojo, con un manco, etc. Nunca con un calvo. Tú eres un calvo, y a mí me intrigan los calvos. Eso falta en mi “currículum”.

Algunos somos diferentes –aseguré.

–¿En qué sentido?

En la manera de soñar.

–¿Cómo sueñas?

De este modo, como en esta conversación. Tú eres un sueño.
*


Su primer amor

January 21, 2015

Recorrían juntos el bosque. En alguna banca habían confesado estar enamorados, creer que ese sentimiento que les quitaba el hambre y el sueño y que los volvía torpes, distantes con los otros, ensimismados y huraños, era lo que se llama amor. Eran vecinos, una casa frente a la otra, las ventanas cómplices de sus miradas, de sus pactos, de su promesa de vivir para siempre cerca, unidos hasta la muerte. Aún eran niños, ella todavía lloraba al caer la tarde, cuando llovía, cuando veía algún pájaro al que lo habían herido. Adoraba trepar a los árboles, esconderse entre las hojas y sentirse parte de un olivo, de un palto.

No les interesaba saber si eran hermosos, si eran inteligentes, si serían triunfadores, no planeaban el futuro, solo querían encontrarse, estar juntos, saber que estaban vivos, sentir el suspiro  o la sonrisa del otro. Les gustaba tocarse, cerraban los ojos y como los ciegos, iban tocándose la frente, la ceja, la boca. Hacían apuestas, carreras interminables hasta el tronco de ese olivo, hasta la esquina, hasta el final de la cuadra, se quedaban mirando fijamente compitiendo en quien pestañeaba primero. También estudiaban juntos. Como él estaba un año adelantado le enseñaba algo de números y ella que adoraba la naturaleza, lo ayudaba a memorizar el nombre de las estrellas, las partes de las flores, le explicaba lo que era una península, una isla, que la mariposa había sido oruga y le daba detalles de la relación entre la abeja reina y los zánganos.
A nadie le pareció raro que pasasen la tardes coleccionando piedras, jugando en los corrales con las gallinas, que estuviesen durante horas mirando lo oscuro del cielo y lo deslumbrante de la luna, que no tuviesen otros amigos, que solo deseasen no separarse, no tener que despedirse para ir a dormir.
Recolectaban pequeñas lombrices, caracoles, pescados y arañas. Caminaban como equilibristas sobre los zócalos de las casas, hacían excursiones hasta otros barrios en los que crecían moras y podían llenarse los ojos de colores ante las jaulas repletas de pericos australianos y canarios. Intercambiaban confidencias, ella le decía que algún día sería actriz, que aparecería en medio de un escenario contando a los espectadores una historia que los hiciese llorar. El se quejaba de lo exigente que era su padre, le enseñaba las huellas de los golpes que le daba sin motivo. “Te haré hombre a punta de golpes”, era su frase favorita. Gateaban por los techos, iban a misa los domingos y alguna vez, los dos se quedaron dormidos en el bosque cansados de jugar a esconderse y encontrarse.

Cuando le dijo que se iría no lo pudo creer, tenía que acompañar a su papá a Nueva Jersey, que ahí tendría un buen trabajo, que acá le iba mal, que se hospedarían donde el hermano mayor de su padre que estaba allá hace años, que había creado una empresa de limpieza. Cuando le dijo que no sabía la fecha en la que iba a volver, que sería un año, tal vez dos, ella empezó a imaginar un mundo sin él, silencioso, vacío, sin risas ni cosquillas, sin contarse sus secretos ni repetir ese sueño insistente que le encantaba y que le parecía tan real en el cual era capaz de volar.
Al comienzo se escribieron cartas, una tras otra, en ellas se decían lo mucho que se querían, lo felices que habían sido mientras estuvieron juntos y lo inmensamente dichosos que volverían a ser cuando volviesen a encontrarse.
Espérame, -le pedía él.
De lejos amarse era difícil, cómo poder hacerlo si no veían juntos lo nuevo que sucedía, si él no estaba ahí para consolarla, (últimamente había visto varios pájaros heridos), caminar sola no tenía sentido, solo servía para extrañarlo más, para entristecerse y molestarse porque la vida le había quitado a quien más había querido. Las cartas se fueron espaciando. Hasta que en una oportunidad, cuando él y su familia empezaron a hablar de ir a Montreal dejando New Jersey, se acabó la comunicación.
(…)
Entonces recibió la llamada.

Quiero verte, -le había dicho-, ahora mismo, esta tarde, en la “Tiendecita Blanca”, a las cuatro.
Ella había aceptado sin detenerse a pensar, claro que ya no tenía ese deseo desesperado de verlo que había tenido durante mucho tiempo, aunque el alma se le había encogido al escuchar su voz que por supuesto reconoció, no sabía nada de él desde hacía tantos años, ella se había casado, tenía una hija, había pensado en él todos los días; cada vez que se sentía triste por cualquier motivo se refugiaba en su recuerdo y tenía la fantasía de estar, ahora de grandes, juntos, queriéndose como entonces. Le había escrito infinitas cartas que no habían tenido respuesta, había tratado de seguirle la pista preguntando por él a sus parientes, a los amigos que ya lo habían olvidado, parecía que la tierra se lo hubiese tragado. Ella llegó a pensar que había muerto en Vietnam, o enloquecido con la guerra, lo imaginaba perdido y desmemoriado en países lejanos a los que ella nunca podría llegar. A veces, con ánimo realista, se decía que la había olvidado, que ahora era un gringo más con su vida por allá, que habría estudiado marketing o publicidad y que trabajaba todas las horas del día, y que los fines de semana veía programas deportivos en la televisión, que su esposa era seria, incapaz de entender nuestro sentido del humor. Había tratado de figurarse a sus hijos sin conseguirlo. Dentro de sí tenia mucha rabia de que él no hubiese cumplido su promesa de regresar, volver a su vida para poder hacer realidad el pacto de permanecer unidos hasta la muerte.

No se puso a pensar en cómo lo vería, si había engordado o estaría calvo, tampoco en lo que ella había cambiado, lo único que quería era escuchar su explicación, tal vez sus mentiras, para poder decirle que no importaba, que ella había hecho su propia vida, que no lo había necesitado, que era feliz, que su marido acababa de ser ascendido en el banco, que ella misma estaba terminando su carrera de biología, que tenía una hija a la que adoraba, a la que no le permitía tener fantasías, y a quien desde ya le enseñaba que no se puede, así no más, ir por la vida haciendo falsas promesas de amor.

¿El señor D?, -tuvo que preguntar al encargado porque no podía reconocerlo. Le señalaron a un hombre de anteojos oscuros en la esquina, detrás de la columna. Estaba delgadísimo, el pelo lleno de canas, se lo veía enfermo, mal. El se puso de pie con gran esfuerzo. Ella trató de sujetarlo, de mirarlo con menos consternación.
¿Qué tienes?, -le preguntó.

Lo que imaginas, lo peor. Empezó con la vista, la pierdo del todo por momentos. La ciencia ya no puede hacer nada por mí. Cuando me dijeron que me quedaba poco tiempo de vida quise venir a verte. Te debía una explicación.
No me debes nada. Pidamos algo, disfrutemos del gusto de estar juntos.

Estás preciosa, más linda, ¿te casaste?
Sí, tengo una hija.
Los ojos se le llenaban de lágrimas, no soportaba sentir la alegría de estar otra vez con él y la pena por verlo tan enfermo.
La vida allá no es tan fácil como se cree. Tienes que ganarte la calle, defenderte, hacer lo que los otros hacen, no temerle a nada ni a nadie, beber. Me metí en problemas. Mi padre jamás quiso aceptar lo que soy. Seguía pegándome. Insistía en que fuese lo que no puedo ser. Antes de partir a Canadá, con la excusa de un curso jalado en la universidad, me dijo que yo no los acompañaría, me hizo sentir que era un estorbo. Me quitó todo su apoyo. Hasta llegó a pedirme que me cambiase de nombre para que no me llamase como él. Estar sin él, liberado de su incomprensión resultó un alivio pero seguí teniendo problemas. Era muy duro vivir sin familia, tuve que ingeniármelas. En los años que tengo, viví lo que los otros no vivieron en noventa años.

No tienes que contarme todo esto, cuéntame otras cosas. ¿Cómo es de cerca la estatua de la libertad?, -dijo ella tratando de disimular su impresión.

He venido solo unos días con mi amigo Michael, él sabía lo importante que era para mí verte, él ha pagado los pasajes. Mike y yo vivimos juntos hace mucho tiempo en Los Angeles. Con él me atreví por primera vez a ser yo mismo. Somos una pareja, ¿entiendes? Nunca pude venir a verte. Cuando estaba desesperado por la falta de dinero o por la ausencia de mi familia, pensaba en ti, me acordaba de nuestro tiempo en el bosque, de lo mucho que te quería, de lo mucho que te quiero, eres la única mujer que pude querer.

Yo he pensado siempre en ti. Quería que regresaras.
Mi vida no fue como la había soñado. Ya no tengo fuerzas para hacer proyectos, para luchar y mucho menos para salir adelante. Me hubiera gustado que todo fuese distinto. Lo siento tanto. Perdóname.

¿Cuánto tiempo te quedas? Me encantaría invitarte a comer, que conozcas a Rafael, a la niña.

Se quedaron callados, ella estiró los dedos hasta alcanzar los suyos, luego se cambió de sitio pasándose a su lado, lo abrazó, se quedó colgada de su brazo sintiéndolo tan cerca, se miraban de rato en rato, recordando y descubriendo. El tiempo no había pasado, ella volvió a sentir su agradable protección. De pronto, un pianista empezó a tocar música de la nueva ola, melodías románticas como un homenaje al pasado. Permanecieron juntos hasta que cayó del todo la tarde, no les interesaba saber si eran hermosos, si eran inteligentes o si serían triunfadores, no planeaban el futuro, solo querían encontrarse.
*


El padre

June 19, 2011

Un poema dedicado a nuestro querido dictador caído (el héroe olvidado): ‘El padre’ (como video no vale gran cosa, sólo denle play)…
* Se nombra a una ‘Negra’, que es la manera de llamar a las mujeres blancas de cabello negro en Argentina, en este caso es la mamá.

 

Héctor Gagliardi – El padre

El padre…
¿Y Negra… te puedo hablar…? Ya los pibes (niños) se han dormido, así que deja el tejido que después te equivocas, y hoy te quiero preguntar por qué motivo las madres de la mañana a la tarde amenazan a sus hijos con ese estribillo fijo: ¡Ah… cuando venga tu padre…!
Y con tu padre de aquí y con tu padre de allá, resulta de que al final al verme llegar a mí, lo ven entrar a ‘Caín’ y escapan por todos lados, y yo que vengo cansado de trabajar todo el día, recibo por bienvenida una lista de acusados…
Vos empezás con tus quejas y yo, tengo que enojarme, lo mismo que hacía mi Padre cuando escuchaba a la Vieja… que entraba a fruncir las cejas apoyando a esa fiscal que en medio del temporal se erigía en defensora, lo mismo que vos ahora ¡qué siempre… me dejas mal…!
Si los perdono… ¡Qué ejemplo…! ¡Así es como los educo…! Si los castigo… ¡Sos bruto, no tenés sentimientos…!
A mí, a mí que llegué contento y no tuve más remedio que poner cara de serio y escuchar tu letanía…
¡A mí, que me paso el día pensando jugar con ellos…!
¡Yo sueño llegar a casa y olvidarme felizmente del trabajo, de la gente, y de todo lo que pasa…!
Los hijos son la esperanza, el porqué de nuestras vidas, por eso… nunca le digas: ¡Ah… cuando venga tu padre…!
¡No quiero encontrar culpables, quiero encontrar alegría…! ¡Qué no me pongas de escudo como lo hacía mi Madre, que consiguió que a mi Padre lo imaginara un verdugo…! ¡Él llegaba… él llegaba y te aseguro que terminaban las risas y en lugar de una caricia y de hablarle como a un amigo, lo miraba compungido presintiendo una paliza…!
Y el pobre que me entendía, sacudiendo la cabeza escuchaba con tristeza lo que mi Madre decía -y que él de sobra sabía-: ‘¡Qué con éste no se puede, que me ensució las paredes, que la calle, la pelota, que trajo muy malas notas y me saca canas verdes…!’.

‘¡A la cama, sin comer!’ -aburrido me ordenaba- mi Madre me consolaba y yo lo culpaba a él… a él que había llegado recién de trabajar, tan cansado… y ya lo había amargado con todas mis travesuras…! ¡Yo era una criatura pero jamás lo he olvidado…!
Los hijos… los hijos nunca analizan el sentimiento del Padre, porque el brillo de la madre es tan fuerte que lo eclipsa; sólo le hacemos justicia a su íntimo sentir cuando nos toca vivir a nosotros su problema…
¡Ah… si mi Padre supiera que recién lo comprendí…! ¡Y por qué nunca me dijo del modo que me quería, si hoy yo sé cómo sufría al ver enfermo a su hijo…! ¡Por qué me miraba fijo el primer pantalón largo y sé que me habrá besado cuando yo estaba durmiendo…!
Hoy que todo lo comprendo ¿Por qué no estará a mi lado…? ¡Por qué no estarás ahora, ahora para abrazarte bien fuerte viejo lindo… y ofrecerte mi cariño a todas horas…!
¿Ves a tu hijo que llora…? ¡Pero… llora con razón, porque te pide perdón al pensar en esos días en que ciego no veía que eras todo corazón…!
¡Dejame Negra que llore, es tan lindo desahogarse…! ¿Vamos a ver lo que hacen nuestros futuros señores… mmm? ¡Miralo, esos pantalones…! ¡Tapala un poco a la piba…! ¡Sí… ya sé… no me lo digas… ‘Hoy se fue a la calle sola…’!
¡Acostate rezongona… mañana será otro día…!
*


Esas inservibles lonjas de plastico negro

April 27, 2011

Arqueología Reciente: Esas inservibles lonjas de plástico negro
(4 de diciembre de 1991)

Un amigo de colegio se aferraba a cierto borrador de goma aromática que trajo consigo de un viaje a Miami y que cargó durante años en su cartuchera, hasta que la pequeña pelotita de jebe era poco menos que un guijarro sucio y sólo servía para estropear la tarea. Probablemente todavía lo guarda en alguna parte. Si se descuida, cualquier día de éstos su señora, o algún otro ser desalmado, sepulta ese entrañable objeto en un tacho. Que es, por supuesto, el lugar que le corresponde.

El avance de la tecnología decreta la obsolescencia inapelable de ciertos objetos, aunque a ellos nos vinculen emociones que rara vez prodigamos a seres de carne y hueso, sobre todo de la variedad que camina erguida.
Estas líneas las escribo en una computadora que debió venderse hace años. No tiene disco duro ni nada que se le parezca. Su pantalla y memoria son diminutas para los parámetros actuales. Abrir un documento demora lo suficiente para hacer un viaje de ida y vuelta a la cocina en busca de (más) café. Si el documento es ‘grande’ –y en esta máquina grande quiere decir cualquier cosa sobre los 20 kilobytes– el tiempo de espera alcanza para una excursión al Haití.
Si aún no me deshago de la Macintosh 512 no es sólo por cuestiones económicas, aunque éstas tienen algo que ver: hace ocho años la máquina me costó el equivalente de lo que hoy se paga por una 386 con impresora láser y aire acondicionado. Si quisiera venderla, no me darían su peso en cartón.
Con esta computadora ingresé a la autoedición, usando un programa que el otro día me sirvió para un viaje nostálgico y hoy parece de juguete: PageMaker 1.2.
Con esta computadora hice mis primeros artículos periodísticos y mis últimos trabajos para la universidad. Venderla sería como abandonar a un perro fiel, sólo porque está viejo, ciego, pulgoso, huele mal y hace fruncir el ceño de visitas que carecen de tacto y sensibilidad.

El fin de semana estuve cinco minutos en una tienda ‘subte’ de Miraflores, y salí sintiéndome veinte años más viejo, por razones que pasaré a explicar si se me permite una digresión. Felizmente mi padre no es un seguidor asiduo de esta columna, porque recurriré a una anécdota que él preferiría olvidar.
Fue hace varios años. Aprovechando una mudanza –operación que hace estallar un volumen nunca imaginado de objetos inútiles– mi madre, siguiendo un impulso común a todas las mujeres, descartó sin miramientos media tonelada de objetos ajenos, calificados por su autoridad superior como ‘cachivaches’. Recuerdo vagamente al ropavejero que cargó su triciclo con grabaciones antediluvianas de jazz, en 78 RPM. Cuando mi padre supo el destino de las referidas reliquias, sus lamentos alcanzaron proporciones míticas. Prometeo no aulló con tanta furia.

Poco después mi hermano mayor llegó de visita a nuestra nueva casa. Estudiaba en los Estados Unidos y empezaba a cultivar una tibia afición por el jazz. Se pasó varias horas refiriéndole a mi padre –título por título– los precios exorbitantes que se pagaban por esas primeras ediciones de Duke Ellington (que mi madre cambió por una batea de plástico) en las tiendas especializadas de Nueva York.
Todavía no habían discos láser (CDs), o de repente sí. En algún laboratorio de Holanda, un equipo de ingenieros desalmados gestaba la destrucción de nuestra historia personal. En cambio empezaban a editarse grabaciones ‘electrónicamente depuradas’ de esos discos que mi madre había descartado y que –en honor a la verdad– no podían ser escuchados sin grave riesgo para la aguja del aparato y los oídos. En desagravio, la discoteca de la casa empezó a llenarse con grabaciones de jazz clásico en 33 RPM, discos nuevos como el Nuevo Sol y de excelente fidelidad.
La colección de nosotros, los chicos, avanzaba, modestamente por otros rumbos. Jethro Tull, Elton John, Cat Stevens, Santana, Grand Funk. Mi hermana escuchaba a un engendro, Engelbert Humperdinck. Allí está, en algún lugar de la casa, esa funda donde aparece el abominable Humperdinck vestido de smoking con bobitos.

Entonces llegó el disco láser (CD) y fue el fin del mundo como lo conocemos. Mi padre se compró su primer compacto hace un par de años y hoy tiene una colección respetable. Después de la trágica desaparición de sus bienamados 78, quedó expedito para el cambio, y su adaptación, ayudada por circunstancias económicas favorables, ha sido rápida e indolora. No puedo decir lo mismo, y aquí es donde esta crónica engancha con el presente.
Paradójicamente, la tienda ‘subte’ a la que entré queda en un segundo piso. No tiene cartel ni identificación alguna en la puerta. Se ingresa por el garaje de un edificio en Diagonal. La calificación ‘subte’ vale por ser ése el género musical y los parroquianos que dominan la escena: hard rock, ruido para chiquillos sordos. También se ofertan polos con calaveras étnicas en colores fosforescentes y otros distintivos de retardo mental inducido por la droga. Hay algunos anaqueles, los menos, con música de otros géneros. Lo que no hay en esa tienda semiclandestina es un solo disco de verdad. Todos son chiquitos y brillantes. Todos son láser (CD).

Al distinguir unas fundas del tamaño ‘normal’, sentí por un instante revivir un vínculo con el pasado. Cogí el disco: era un Homenaje a John Coltrane y costaba 60 dólares. Le pregunté a la chica por qué los discos normales eran más caros que los láser. Ella no pudo ocultar cierto desprecio:
‘Ese disco es un video-digital (LaserDisc)’, me informó bruscamente.

Qué viejos nos hace el futuro.
*

LaserDisc