Odiame

November 30, 2018

Ódiame sin medida ni clemencia

Alguien debería crear una escuela para enseñar a odiar. Una facultad completa, con un decano, un campus, profesores principales y visitantes, distinciones honoris causa y un centro de investigaciones aplicadas. La buena noticia es que si se fundara una escuela de altos estudios del odio, ni siquiera haría falta buscarle un himno. Este himno podría ser ‘Último ruego’, un soneto escrito en el Perú en 1912, pero más conocido por un valse que tres décadas después adaptaría sus versos, cambiaría el ruego del título original por el imperativo Ódiame y cuya letra ahora casi no hay un peruano que no cante de memoria. Y dice así: ‘Ódiame por piedad, yo te lo pido/ Ódiame sin medida ni clemencia/ Odio quiero más que indiferencia/ porque el rencor hiere menos que el olvido’. La poesía popular no sólo se escribe con grandes verdades, sino también con música. El autor de ‘Último ruego’ se llamaba Federico Barreto, había nacido en Tacna*, era hijo de un militar, era también periodista y poeta, y de niño había vivido el cautiverio de su ciudad en la guerra con Chile. En 1945 –finales de otra guerra– el compositor Rafael Otero buscaba una letra para un valse del que ya tenía la música, y así llegó el soneto de Barreto. La verdad, entonces, se abrió paso entre arpegios de guitarra: el odio es preferible a la indiferencia, entre otras razones porque el rencor duele siempre menos que el olvido.Quizá ésta debería ser la primera clase en una escuela donde se enseñe a odiar correctamente. El escritor británico Martin Amis cree que uno de los motivos de las hasta ahora insalvable pelea entre Occidente judeocristiano y el Oriente islámico es la situación de impotencia política al que ha sido condenado el hombre musulmán. Es decir que sólo puede alzar la voz en su casa –y ser ‘león y príncipe’ ante sus mujeres–, ya que ante el resto del mundo su voz no resuena, no se escucha, nadie le hace caso: ha sido políticamente olvidado, multiplicado por cero por la indiferencia global. Pero el autor de ‘La Guerra Contra El Cliché’ también ha recordado otra cosa: dice que después del atentado 11-9 contra las Torres Gemelas, el presidente Bush había preparado el primer borrador de su discurso contra un ‘eje del odio’ y no contra ‘el eje del mal’, que fue como al final lanzó su declaración de guerra contra Irak, Irán y el terrorismo fundamentalista de origen islámico. ¿Qué impulsó a Bush a cambiar de palabra? Según Amis, el hecho de que MAL tenía una connotación más teológica que ODIO: aludía más a una Guerra Santa en defensa del Bien –con mayúsculas– que a una profana rabieta por el afán de venganza (y por el petróleo). He aquí un segundo curso obligatorio que podría darse en una escuela de altos estudios del odio: uno que enseñe a desteologizar el odio. Aquí tambien podrían asistir, por ejemplo, los que protestaron y quemaron embajadas por una caricatura que publicó una revista noruega del profeta Mahoma: nadie puede cometer blasfemia si no forma parte del credo de una religión. Además, las clases prácticas podrían educar a odiar sin violencia. Dice la segunda estrofa del soneto de Federico Barreto, o, mejor dicho, del valse de Otero: ‘Si tú me odias quedaré yo convencido/ de que me amasté, mujer, con insistencia/ Pero ten presente, de acuerdo a la experiencia/ que tan sólo se odia lo querido’. Así es: el odio es parte del ritual de violencia, pero sobre todo lo es de la más agónica ceremonia del amor. Quizá sea inútil una escuela para enseñar a querer, pero no una para aprender a odiar: al fin y al cabo, el que odia tiene derecho a desear la muerte, pero no mata.

 

* Tacna: Ciudad ubicada al sur del Perú, que luego de la guerra con Chile, quedo como frontera-fronteriza con esta/Chile.

*

Advertisements

Hechizo de la musica

November 29, 2017

Musicalas

Fue en un humilde fonducho de Connecticut donde encontré el público más devoto de la música que he visto jamás reunido en lugar alguno de la América del Norte…

Entré allí a tomar una taza de café. Al ruido de las conversaciones se mezclaba el tintinear de los cubiertos, el chocar de platos y los mil ruidos que suele haber en esos lugares. De pronto se oyeron en la radio los primeros compases de una sinfonía ejecutada por una de nuestras grandes orquestas. El cantinero no fregó un solo plato más. Se puso a escuchar atentamente. Mi vecino de mostrador colocó la taza en el platillo con sumo cuidado. La camarera suspendió la tarea de apilar platos a que estaba entregada y se volvió toda oídos. Mas el silencio no era todavía completo. Cuatro salchichas que se doraban a la parrilla, ajenas a la solemne expectación de comensales y empleados, chirriaban sin pudor. El cantinero arrugó el entrecejo y retiró de la lumbre las chillonas salchichas. “¡Ah!” se dijo para sus adentros la camarera, y se fue de puntillas al otro extremo del local a quitar del fuego un pato que, clavado en el espetón, se tostaba lentamente con leve crepitar de la socarrada piel. Entonces sí que reinó un silencio profundo y cabal. Fue aquello un testimonio más elocuente y conmovedor del hechizo de la música –de la buena música– que los prolongados aplausos de uno de esos auditorios cosmopolitas que llenan los grandes teatros.
*


Doble o nada

October 23, 2017

Yo era una mujer de 50 años, él era un hombre de 25, y al comienzo me comporté de acuerdo a las circunstancias. “La incipiente barba en su rostro es tan rizada y suave”, les contaba a mis amigos, “es como la textura de un animal de peluche”. Y: “voy a encontrarme con Raggedy Andrew para ver una película. “¿Debería estar (a) entusiasmada, (b) avergonzada o (c) encarcelada?”

Parejasea

Él empezó rondando mi vida cuando me mudé de Nueva York a Philadelphia tres años atrás. Lo veía todos los días en la panadería del barrio, donde cargaba cajas de muffins para las entregas de la mañana, volviendo a menudo alrededor del mediodía para recoger su tabla y enrumbar hacia Jersey Shore. Amaba los riesgos y alardeaba siempre de algún moretón o algún vendaje, y yo estuve a su lado después de un serio accidente que tuvo con su tabla de skate, estirando la mano para tocar sus párpados morados y su nariz rota.
Empezamos almorzando de vez en cuando durante el invierno hasta que llegó la primavera y él comenzó a sugerir planes nocturnos. Parecía inofensivo; no siempre cumplía con una llamada por teléfono y yo solía ignorar su nombre cuando aparecía en la pantalla de mi celular. Pero un viernes a las 10:45 p.m. contesté.
“Puedes pensar que es raro”, dijo, “pero realmente quisiera comer una ensalada de lechuga escarola”.
A estas alturas yo ya me había acostumbrado a su voz y noté que estaba nervioso. Me emocioné. Me quité la pijama y me puse una corta falda en menos de lo que “canta un gallo” (tal como les conté a mis amigos). Pero había algo más; estábamos cambiando.
Nos sentamos afuera de la Brasserie Perrier, un lugar de moda donde nunca antes había estado, pero donde él parecía sentirse bastante cómodo. Era una noche cálida. Un grupo de mujeres de unos 20 años pasó por ahí haciendo disfuerzos y yo lo miré mientras él las miraba caminar. Esperé. Él giró su cabeza nuevamente hacia mí y dijo: “¿acaso no te desquician los jeans sin bolsillos?”
Me llevó a un depósito de chatarra de mercadería recuperada de arquitectura, donde fisgoneamos el interior a través de una reja con cadena y hablamos de lo que compraríamos si pudiéramos entrar. Había dejado la casa de sus padres a los 15 años para asistir a un colegio de secundaria para futuros profesionales del snowboard, de manera que era lo suficientemente doméstico como para mantener una linda casa salpicada con las cosas extrañas que andaba coleccionando, como viejas reglas de madera.
Compartíamos muchos intereses –modas, fotografía, diseño. Una vez, después de una larga discusión sobre su ardiente necesidad de un maletín Duffel de cuero verde encontré uno perfecto en la revista Details y le guardé la página. “Oye”, dijo mirando furtivamente. “¿Eso es Balenciaga?”

Una relación atípica…
El día en que escuchamos You’re so good to me en el radio de su auto, yo no pude decirle que hacía ya 20 años que había oído esa vital canción de los Beach Boys o que me divertía mucho con alguien haciendo sencillamente nada. De modo que en vez de eso exclamé: “Este es el mejor verano de toda mi vida”, y él estuvo de acuerdo. Es tonto pero, a veces, cuando salíamos de ver una película tarde por la noche, sonreíamos el uno al otro y salmodiábamos. “El mejor. Verano. De toda la vida”.
Esa frase era la metáfora para describir lo que realmente estaba sucediendo entre nosotros, y solo una vez me atreví a hablar sobre nuestra relación sin usarla de protección. Le dije que nuestra diferencia de edades era tan grande que no podíamos albergar ningún tipo de esperanzas convencionales. “Solo estamos tú y yo y realmente tenemos suerte”, le dije, cosa que de verdad creía en aquella época. “¿Cuánto daño podemos hacernos el uno al otro en tres meses?”.

Un verano inolvidable…
La primera ola golpeó cuando estábamos sentados afuera de un restaurante mexicano por lo demás vacío, en un desolado sector de la ciudad. Era medianoche cuando Andrew empezó a describir cada accidende deportivo que había tenido en su vida. Mencióno 16 fracturas y treintitantas grapas en su cadera, antes de hacer una pausa en las cicatrices de su cuello roto. “Aquí”, dijo, colocando mi dedo en una hendidura en su cráneo. “Aquí es donde fijaron el collarín ortopédico para inmovilizar mi cuello”.
Me estaba contando la mejor historia de su vida, y en ese momento me di cuenta de que no había manera de que alguno de nosotros saliera de esto sin ser lastimado. Lo evité algunos días mientras trataba de decidir si podía seguir con esto hasta el final. Pero era inútil pensar en lo que iba a suceder. Solo había un lugar donde nuestras vidas podían encontrarse: era en el ahora mismo. Fui a buscarlo a la panadería y el alivio en su rostro me dejó entrever que existía algo real entre nosotros.
El tour que Andrew me dio de su cuerpo hueso-por-hueso reemplazó nuestra intimidad física. Había una línea que él no quería cruzar y yo respetaba su decisión, tanto así que una vez que fuimos a nadar al océano a medianoche no me quité la ropa, algo que jamás hubiera hecho estando con mis otros amigos.
Pero a mí no me molestaba. El sexo era algo que ya sabía cómo hacer. Con lo que había perdido contacto a estas alturas de mi vida era con la habilidad de entregarme completamente a otra persona, de estar verdaderamente presente. Durante mi relación anterior, una aventura amorosa con un hombre atrapado en un divorcio que duraba ya una década, había aprendido a dominar el arte de la evasión, de guardar silencio en relación a aquello que más necesitaba y quería.
Ante mí tenía la oportunidad de volver a aprender a mostrarme, no porque Andrew fuera demasiado joven como para ser una figura amenazadora, sino porque su juventud requería que yo fuera tan espontánea y curiosa como él. Aprendí a disparar, a jugar golf y a pescar con muestras, asegurando los bordes de mi falda en la cintura y vadeando el río solo para estar con él. Contábamos únicamente con una pequeña burbuja de tiempo para estar juntos, y no quería perder ni siquiera un segundo.

Un final prolongado…
A fines de julio, Andrew anunció que se mudaría a Brooklyn para empezar una compañía de diseño gráfico con algunos amigos del snowboard. Yo me sentí aliviada. La mudanza marcaría el final natural de nuestra relación, más fácil aún porque era algo que él había escogido, e incluso empecé a desear con ansias su partida. “No puedo esperar más para empezar a extrañarte”, es lo que yo le decía.
Lo ayudé tanto como me fue posible, perdiendo de vista las horas que pasábamos trabajando en el nombre de la compañía, el logo, los planes de negocio. En las visitas a Nueva York le presenté a mis amigos y lo llevé a conocer al chef de mi pequeño restaurante favorito para que se sintiera siempre bienvenido en algún lugar.
En setiembre, cuando todavía no se había marchado, mis amigos empezaron a preocuparse. El mejor verano de toda la vida, se había convertido mientras tanto en otoño y “¿cuándo podía esperarse que yo empezara nuevamente a trabajar?”. Mi socio del proyecto del libro, Tony, que era lo suficientemente joven como para andar con Andrew, pero lo suficientemente mayor como para sentirse mi protector, era el menos tolerante. “Voy a ir allá y voy a ayudarlo a mudarse yo mismo”, solía decir.
Ceñirse a un plan de mudanza parecía imposible y cada día que Andrew dilataba la cosa aparecían nuevos problemas, algunos lo suficientemente serios como para que yo los tomara en cuenta. ¿Cómo podía decirle no cuando el amigo de su niñez fue asesinado en Irak, o cuando le dio neumonía corriendo tabla y descansaba en mi sofá mientras yo le preparaba sus platos favoritos y le llevaba tazas de té? Pero otros problemas aparecieron simplemente porque él empezó a perder su equilibrio.
Cuando me comprometí a cuidar a su perro para que él pudiera irse de viaje, cuatro días se convirtieron en seis sin que mediara una sola palabra de su parte. No fue la única vez que se perdía, y yo empecé a preocuparme cuando sus amigos comenzaron a llamarme para saber dónde estaba. Supongo que Andrew me estaba ubicando en el único lugar en el que podía cuadrar en su vida –alguna suerte de “guardián”– y haciendo cualquier cosa para forzarme a ocupar dicho lugar.
La situación se hizo tan intrincada como cualquiera que he tenido con otros hombres, sin importar su edad. ¿Pero qué esperaba? ¿Que él y yo estuviéramos protegidos de cualquier complicación solo porque no habíamos dormido juntos? “Por favor, no hagas esto”, le dije. “Yo te daré toda la ayuda y el cariño que necesitas, pero el papel de madre es algo que nunca he estado dispuesta de asumir”.

¿Edipo en el aire?
Cuando conoció a una chica de su edad durante uno de sus viajes a Nueva York, hizo hincapié para atraerla a mi vida, llevándola a mi restaurante habitual y enviándome un mensaje de texto para que le mandara la dirección. Y el consejo que ella le dio salió en nuestra conversación: “Tengo que aprender a marketearme”. Sus planes cambiaban prácticamente todos los días, desde trabajar en un barco pesquero en Alaska hasta convertirse en un agente de deportes en Portland, dependiendo de quién lo aconsejaba en ese momento. A medida que él se tambaleaba, yo también lo hacía.
“¿Qué debo hacer?”, le pregunté a Tony.
“Cortar por lo sano”, respondió.

Pero yo no podía desembarazarme de Andrew sencillamente. Había pasado tanto tiempo conmigo, instándome a bajar la guardia. Nuestra diferencia de edades implicaba que nos habíamos ahorrado las típicas estrategias macho-hembra y las luchas de poder. Gracias a él me sentía renovada, como si hubiera empezado mis relaciones de cero. Además, solo como ayuda dietética ya había probado no estar lejos de ser un milagro. Había perdido 17 libras desde que empezamos. Estaba en deuda con él.
La última noche que vi a Andrew hicimos un trato. “Podemos tomarnos un cóctel y tener una conversación superficial”, le dije, “o podemos tomarnos esta botella de whisky y hablar de lo que realmente pasó entre nosotros”.
Escogió el whisky y hablamos. En algún momento durante esas seis horas él dijo: “Lo siento tanto. Estoy tan perdido”.
“Mira, yo creo en ti”, le contesté. “Estoy segura de que puedes resolver esto”.

Cruzando el límite que él mismo se había impuesto, se inclinó hacia adelante y me besó, un beso verdadero que había estado flotando en la superficie durante meses. De pronto sintió que no podía respirar; finalmente, yo sí podía.
“Te amo tanto”, me dijo, acurrucándose en mí tan estrechamente que pude sentir una lágrima que se deslizaba por mi cuello hasta el escote de mi blusa en V. Y porque yo también lo amaba, crucé mi propio límite y finalmente le di lo que él necesitaba de mí. Lo acuné en mis brazos y lo mecí, lo mecí hasta que sintió que estaba listo para partir.
*


Perdida y redencion

August 22, 2016

Pérdida & Redención
Modern Love. De cómo una mujer atravesó un mes de diciembre que le hizo vivir dos experiencias opuestas: la muerte de su madre y el nacimiento de su hija

Perdidayredencion

La tarde en que murió mi madre, ella había salido temprano de trabajar. Su día como programadora de sistemas en el Chase Manhattan Bank había terminado de manera repentina gracias a una falla en el sistema de computación, por lo que se les dio la tarde libre a todos los empleados. Era fines de diciembre. Mi cumpleaños número dieciséis. El frío era gris, sin nieve, pero hacía que el pasto crujiera al pisarlo.
Estábamos lo suficientemente cerca de la Navidad como para que un par de horas de tranquilidad se asemejaran a un regalo. O, en el caso de mi madre, a una maldición.

En lugar de aprovechar esas horas para hacer algo de compras de último minuto o para ir a tirarse al sofá, ella ordenó su escritorio metódicamente, manejó su Honda en dirección a casa, se preparó una taza de café turco y se ahorcó en nuestro garaje.
Veinte años más tarde, mi padre insiste en que no hubiera muerto ese día si el sistema no se hubiera caído. Puede que tenga razón. El trabajo le daba a mi madre una estructura que enclaustraba su locura dentro de su interior, aunque sea por momentos. El ocio traía consigo problemas.
Mis recuerdos siempre muestran a mi madre trabajando en algo: cocinando, despierta toda la noche sacando el empapelado de la pared, estudiando concienzudamente gruesos libros de texto para obtener su maestría. En las películas caseras se nos ve a mi hermana y a mí, de piernas largas y cuerpos pequeños, bailando y haciendo gimnasia delante de la cámara, mientras mi madre aparece en el fondo, lavando platos o atravesando el encuadre en dirección a algún otro sitio.
A pesar de que mi mamá trabajaba a tiempo completo, mi hermana y yo nunca levantamos un dedo en esa casa. Era inmaculada, sin pilas de cosas y mareas de polvo que caracterizan actualmente a mi propia casa.
La locura de mi madre se iba filtrando de una forma tan sutil que mi padre, un optimista hasta el final, era capaz de ignorarla, creyendo que mejoraría por sí sola. En mi casa, no se hacían preguntas del tipo “¿qué tal te va?” o “¿cómo te sientes?” O, si se hacían, permanecían sin contestarse. Mi hermana y yo comíamos a solas en nuestras habitaciones frente a parpadeantes televisores en blanco y negro.
Nunca me contaron de los dos intentos de suicidio anteriores de mi madre y nunca lo hubiese adivinado. En mi mente, las personas con tendencias suicidas deliraban y echaban pestes. Las locas eran encerradas en áticos, donde gemían y arrastraban cadenas. Ocasionalmente, incendiaban una casa de campo. Definitivamente, no iban a hacer las compras ni dejaban a sus hijos en la piscina comunitaria en su camino a la oficina.
Por llamadas recibidas en nuestro teléfono rotativo amarillo de la cocina, me enteré de que mi madre veía a una psicóloga, una mujer llamada Bárbara que ella trataba de hacer pasar como su amiga. Pero a mí no me engañaba. Mamá no tenía amigas.

Cuando cumplí catorce años mi madre empezó a dormir en el piso de la sala de estar y a usar un sombrero de esquí gris con tres franjas blancas. Parecía que solo tomaba un café arenoso y vino tinto servido directamente de botellas de cerca de cuatro litros que guardaba debajo del lavadero de la cocina. Me mandaba a mí a la pizzería a recoger nuestro pedido pues estaba convencida de que los hombres que hacían volar la masa por los aires hablaban sobre ella apenas les daba la espalda.
Mientras me arrastraba dentro de mi burbuja adolescente muy poco de lo que cuento ahora era registrado por mí como alarmante. Así es como eran todas las familias. A medida que la locura de mi madre se amplificaba, ella empezó a creer que nuestra casa tenía micrófonos ocultos y que su jefe estaba intentando hacerle daño. Sin embargo, mientras hubiera un programa de computadora que escribir o una alfombra que aspirar, se podía tener la certeza de que ella no solo lo haría, sino que lo haría bien.
En su empeño de hacer que las cosas se hagan o de vivir una vida ordenada, mi madre no se dio cuenta de que estaba dejando de lado todos los aspectos que por lo general nutren la vida familiar: reírse de cosas tontas, echarse en el sofá abrazando a los seres queridos, compartir una buena comida, el placer táctil de tener a los niños gateando sobre uno en medio de risas. Sin todo eso, la vida familiar no es sino una serie infinita de tareas insignificantes: superficies y narices que limpiar, platos y cuerpos que lavar, prendas blancas y de colores que doblar, una y otra vez, en una sucesión que va absorbiéndonos el alma.
En la mañana del día que mi madre murió, me encaminé hacia la puerta para tomar el bus de las 7:10 que me llevaría al colegio. Mi madre y mi hermana de doce años recién se estaban levantando del lugar donde dormían en la alfombra gris de la sala. Me cantaron “Feliz cumpleaños” a coro, la hermosa voz grave de mi madre escarchada con la voz de pequeña soprano que tenía mi hermana.
Ocho horas más tarde bajé feliz de mi bus pues pensaba pasar la tarde viendo telenovelas, pero me decepcioné cuando vi el auto de madre estacionado en la calle. Dejé mi mochila en una silla junto a la ventana, acaricié las orejas polvorientas del perro y llamé: “¿Mamá?”.
Su cartera estaba en la mesa. Busqué en todos los cuartos pero estaban vacíos. Luego abrí la puerta de garaje y dejé de respirar.
Cerré la puerta, subí las escaleras y salí; me senté en la entrada de concreto de la casa, mirando hacia la calle. Las casas de dos pisos que se sucedían a lo largo de la calle curva tenían algo en común: no había nadie. Todos los padres de mi vecindario trabajaban y como yo había tomado un bus más temprano de lo que acostumbraba, los niños tampoco estaban.
Me senté inclinada sobre mis piernas, abrazándome las canillas, mientras mi corazón se desaceleraba. Finalmente me puse de pie, abrí la puerta, regresé a casa y marqué el 911.

Los días que siguieron mi padre, mi hermana y yo nos tambaleamos en un mar de torpeza. La esposa de un amigo de mi padre me compró un vestido para usar en el funeral, una monstruosidad marca Gunny Sax de terciopelo color granate con mangas tiesas y adornos de encaje.
Los funerales de por sí son bastante duros; pero el funeral de una persona que se ha suicidado es una prueba hasta para la persona socialmente más hábil. Cuando todos los “gracias por venir” mencionados de manera robótica terminaron, mi hermana intentó abrir el ataúd cuando nadie la miraba. Mi padre la detuvo justo en el momento en que iba a levantar la tapa. “Solo quería verla”, le explicó de manera casi inaudible.
Otros detalles debían ser afrontados, cosa que me hizo probar por primera vez el sabor metálico que caracteriza a las tareas propias de la adultez. Era la primera vez en la vida en que me habían organizado una fiesta formal de cumpleaños en un salón de baile local. Los recuerdos que iban a entregarse al final de la fiesta –cajitas color claro repletas de chocolates Hershey’s kisses y decorada con corazones rosados y color plata– se quedaron en bolsas en el garaje, esperando.
Pero no habría fiesta alguna. Levanté el teléfono y dije una y otra vez, “Lo siento, pero mi fiesta por los 16 años ha sido cancelada”. Cuando terminé, un sudor frío recorría mis muñecas, mojándome las mangas. No lloré.
El día que la fiesta iba a llevarse a cabo, fui a la tienda Loehmann’s con mi padre. El traje que mi madre había elegido para la ocasión, un vestido tubo de lana gris con mangas largas, descansaba sobre el mostrador. El vendedor le dijo a mi padre que no podía devolver el vestido. Mi papá lo miró y respondió, “pero ella ha muerto”. Aceptaron la devolución.

Y apenas pude, huí. Primero a la universidad, luego a un lugar lo más alejado posible de Long Island: San Francisco. Todas las noches me metía en un vestidito negro, mallas y botas de plataforma e intentaba cicatrizar de alguna forma, mirando sin parar a muchachos que imitaban a Kurt Cobain o a chicos con sombreros a los Fred Astaire que cantaban canciones de Louis Armstrong de manera lastimera. O moviendo la cabeza al ritmo de la música que ponían DJs totalmente rapados desde las esquinas de antiguos almacenes, mientras que cientos de personas deliraban, agitando botellas de agua sobre sus cabezas hasta que el sol lanzaba sus débiles rayos a través de los sucios tragaluces.
Pagaba 365 dólares de alquiler. Tenía algunos ahorros; trabajar parecía opcional, al igual que la estabilidad. A lo largo de la década siguiente tuve diez departamentos, trece trabajos y, por lo menos, esa misma cantidad de novios. Conocí a Dave en un festival de cine, mientras esperaba en cola para entrar a ver una película llamada Mejor Que El Sexo. Empezamos a ver películas juntos, escogiendo siempre filmes con la palabra “sexo” en el título. Meses después de que nos vimos todas las películas sobre fornicar sin haberlo hecho nosotros mismos, él finalmente me besó bajo un farol fuera de la puerta de entrada de su casa. Yo estaba usando botas de cuero negro hasta las rodillas. Él, pantuflas forradas en lana de oveja.
Me llamaba todos los días. Me escuchaba. Sonreía bastante. Me decía que era hermosa. Inventaba canciones a ritmo de rap que hablaban sobre nuestro amor. Quería hablar acerca de todo, desde política hasta de mi periodo. Quería tener hijos. Era, como decía el papá de mi mejor amiga, “un buen ciudadano”.
Encontramos juntos una casita de la década de 1920 ubicada en una calle con casas españolas de estilo mediterráneo de todos los colores del arco iris. Decidimos pagar a medias la cuota inicial de la casa y empezamos a empacar. Mientras manejaba bajo una lluvia torrencial en dirección al lugar donde íbamos a firmar el título de propiedad de nuestra casa, enloquecí. Yo no puedo con la estabilidad.
Me convencí a mí misma de que Dave era un estafador que había planificado un elaborado engaño para birlarme mi parte de la inicial. El año que habíamos pasado juntos no era sino el montaje para el golpe. Ahora iba a ser despojada de veinticinco mi dólares y de un novio. En solo cuestión de un momento viviría en la calle, absolutamente sola, la víctima de aspirar demasiado alto.
Mis manos temblaban cuando llegué al lugar donde firmaríamos. Dave estaba parado ahí, con un paraguas, esperando para acompañarme los diez pasos que separaban la vereda del edificio. Ocho meses después, cuando regresamos de nuestra luna de miel, él me cargó, subió las inestables escaleras de la entrada y cruzó el umbral antes de colapsar por el esfuerzo en el sofá azul de nuestra oficina. Pasados otros ocho meses, una tira de plástico con una raya rosada nos hizo saber que nuestros planes de remodelación tendrían que esperar.

En mi primera visita, el ginecólogo calculó la fecha de nacimiento del bebé: mi cumpleaños. Me horroricé de pensar que mi día de infamia personal sería compartido por la siguiente generación de mi familia. Mis amigos le dieron la vuelta al asunto de una manera hermosa: “Será una forma de sanar. Tendrás de nuevo ese día para ti”.
Las contracciones no fueron fuertes hasta la noche de Navidad, cuatro días después de que cumplí treinta y seis años. Cincuenta y seis horas después de los primeros temblores en mi vientre y tres horas después de que se me pasó el efecto de la epidural, empujé a mi hija a la vida.
No estaba pensando en mi madre. Ni en mi hermana, que se quedó todo el rato en la cabecera de mi cama animándome mientras yo sentía que mi cuerpo se estaba partiendo en dos. Ni en Dave, que miraba entre lágrimas cómo salía Pascale. No pensé en nada, solo me quedé echada ahí, en un estado de shock debido al dolor y al cansancio. Pero cuando finalmente me trajeron su cuerpo que parecía un pollo crudo, lo primero que pensé fue que se parecía a mi madre.
*

Anne Marie Field
The New York Times
*


Recuerdos tercerizados

April 22, 2015

¿Y la memoria fotográfica? Bien, gracias.

Los recuerdos pueden ser desencadenados por experiencias sensoriales: el sonido de una canción en particular; el olor de un platillo que solía preparar nuestra abuela; fotografías de momentos pasados con amigos y familiares. Sin embargo, hay una diferencia entre las imágenes que conservamos en nuestras mentes, que incorporan el contexto y la interpretación de una situación, y las que son capturadas por una cámara, que no lo hacen. Y las segundas, sugieren investigaciones, moldean cada vez más lo que recordamos.

Un estudio realizado por Linda Henkel, profesora de psicología en la Universidad de Fairfield, en Connecticut, examinó este “efecto de deterioro por tomar fotografías”. Se pidió a los participantes en el estudio que fotografiaran ciertas obras durante un recorrido guiado por un museo de arte y que simplemente observaran otras.
El resultado: los participantes recordaron menos detalles sobre las obras que habían fotografiado, “al tiempo que le transfieren su memoria a la cámara”, escribió Teddy Wayne en The New York Times.
Además de afectar qué recuerdos conservamos, las imágenes también parecen moldear la forma en que recordamos las cosas, sugirió Henkel. “Hay una perspectiva de ‘observador’, en tercera persona, en comparación con una ‘perspectiva de campo’ a través de tus propios ojos”, dijo a The Times. “Las fotografías parecen desplazarnos a esa perspectiva de observador, al distanciarnos de algún modo, así que claramente es un recuerdo reconstruido”.
Este fenómeno se generaliza ahora con la creciente omnipresencia de los teléfonos inteligentes: se calcula que el 80 por ciento de los adultos del mundo poseerán un teléfono inteligente para el 2020, ha reportado The Economist.

Y además de nuestros recuerdos individuales, las imágenes también pueden afectar nuestra memoria colectiva, particularmente en las películas que son éxitos de taquilla.
Un ejemplo son algunas de las nominadas a mejor película en los Premios de la Academia de este año que estuvieron basadas en acontecimientos reales: “Selma: El Poder de un Sueño”, “Francotirador”, “El Código Enigma” y “La Teoría del Todo”, las cuales fueron criticadas por alterar la verdad.
“Podría uno pensar: ¿de verdad importa? ¿Acaso no podemos mantener el mundo cinematográfico separado del mundo real?”, escribió Jeffrey M. Zacks, profesor de psicología y radiología en la Universidad Washington, en St. Louis, Missouri, en The Times. “Desafortunadamente, la respuesta es no”.
Un motivo, sugirió, es que nuestras mentes son buenas para recordar lo que vemos o escuchamos, pero no para recordar la fuente de la información.
Así que cuando se pidió a los participantes de una investigación que leyeran ensayos confiables y fidedignos sobre un acontecimiento histórico y luego vieran una película con imprecisiones sobre el tema, “los estudiantes incluyeron casi una tercera parte de los hechos falsos de las películas en pruebas posteriores”, escribió Zacks.
Así ocurrió incluso en un estudio en el que se pidió explícitamente a los participantes que buscaran las imprecisiones en los videos.

Sin embargo, eso no quiere decir que nuestra memoria colectiva se vuelva más profunda. Al contrario, lo que alguna vez fueron 15 minutos de fama son ahora más bien “15 segundos de nanofama”, gracias a la cantidad aparentemente infinita de videos que circulan en línea y que son cada vez más breves.
“Al tiempo que el medio se hace pequeño, también lo hace la fama”, escribió Alex Williams en The Times.
Por otra parte, esta celebridad de corto periodo de atención podría no ser algo totalmente negativo. Si una imagen es difícil de tolerar, al menos no durará mucho.
*
Tess Felder
The New York Times
*


Mi guitarra, mi amiga

April 8, 2015

Es una compañera con la que he compartido tristezas y alegrías, momentos importantes y ocasiones triviales.

Mi mejor amiga está en un rincón. Me espera paciente, callada, elegante y tentadora mientras trabajo. Pero yo no suelo hacerle caso hasta por la noche, una vez que he terminado la jornada. Es entonces cuando puede cantar.
No recuerdo exactamente cuándo compré mi guitarra, una Gibson 1962, pero fue hace más de 20 años. En ese entonces las Gibson nuevas costaban de 1000 dólares para arriba, pero ésta era usada y sólo me costó 250, lo que para mí representaba una pequeña fortuna: mucho más que un mes de alquiler.
Pero era una ganga. La tapa, de madera de picea, tenía un dibujo de sol radiado que brillaba con intensos visos anaranjados, ambarinos y rojos.
Tenía la caja ancha, de espléndida caoba, en incrustaciones de madreperla en la cabeza. Contra lo que era usual en las guitarras de entonces, tenía un puente cromado en vez de un cordal con espigas para sujetar las cuerdas por el extremo opuesto al de las clavijas.
Tiempo después, en un lamentable arranque de vanidad e insensatez, la pinté de negro para no desentonar con la imagen de una banda de aficionados en la que toqué durante poco tiempo, y en la que todo era de ese color.

El hombre que me vendió la Gibson no quería desprenderse de ella, pero saltaba a la vista que no le quedaba más remedio. Vivía en un remolque destartalado con su mujer y varios hijos, y era claro que tenía apuros de dinero. También se notaba que la guitarra era una vieja amiga suya, pues el mástil de palo de rosa tenía el desgaste de muchos años de uso. En fin, después de pedirme que la cuidara, tomó el dinero y se despidió con tristeza.
Quedé encantado desde el primer momento en que rasgué las cuerdas. Aquel instrumento tenía una resonancia potente y grave que yo no había escuchado, y argentinos tonos agudos que parecían campanas.

Mi pasión por las guitarras data de mediados de los 60. Al igual que tantos adolescentes, yo quería hacer Rock and roll como John Lennon, cantar canciones populares como Bob Dylan y tocar blues como B. B. King.
Cuando yo tenía 14 años, mi madre, que era una buena pianista, sintió deseos de aprender a tocar la guitarra. Compró un instrumento clásico, barato pero servible, y un libro de acordes para principiantes. Un buen día se me ocurrió ‘tomarlo prestado’ y, una vez que lo tuve en mi cuarto, mamá no volvió a verlo.
Recuerdo como si fuera ayer las horas que pasaba sentado al borde de la cama, muchas veces a altas horas de la noche, con la lengua entre los dientes en intensa concentración, esforzándome por pisar firmemente las cuerdas a pesar de tener las yemas ampolladas y doloridas. Y, cuando por fin pude tocar tres acordes seguidos con fuerza y resonancia, quedé prendado.
La primera pieza que me aprendí de memoria fue Blowin’ in the wind, de Bob Dylan, pero no me sentía capaz de tocarla delante de nadie más, así que me encerraba en mi cuarto y la cantaba muy quedo, imaginándome que actuaba ante un público de admiradores. Poco a poco me fui adaptando a la guitarra, hasta que llegó a ser una compañera indispensable para mí.

Cuando estaba en la universidad, a principios de los 70, un guitarrista negro de mucha edad al que llamábamos Viejo George me inició en el difícil arte de tocar sin púa, directamente con los dedos.
George era un músico ambulante que llevaba una maltrecha Gibson al hombro y a menudo nos acompañaba cuando, en las tardes soleadas de fin de semana, mis compañeros y yo nos sentábamos en la escalinata del dormitorio de la universidad a tocar y cantar. Era un hombre de pequeña estatura, de pelo entrecano, manos enormes y dedos nudosos. Le gustaba tocar como se tocan las guitarras Dobro, planas sobre el regazo, y solía usar un capotasto corredizo de vidrio cuando interpretaba una pieza de blues. También sacaba de oído fácilmente muchas canciones populares que exigían posturas difíciles de los dedos. En seguida me decidí a aprender aquel apasionante arte.
El Viejo George me enseñó pacientemente la técnica ‘cruzada’, que consiste en la alternancia rítmica del acompañamiento, tocado en las cuerdas bajas con el pulgar, y la melodía, tocada en las cuerdas altas con los demás dedos. La técnica exige una coordinación que yo aún tenía que desarrollar, así que una vez más empecé a pasar horas enteras por la noche sentado en la orilla de la cama tocando.
Persistí en el aprendizaje, y poco a poco se fue abriendo ante mí todo un mundo de posibilidades en lo que al arte de la guitarra se refiere. Cuando estaba por cumplir 30 años comencé a tocar profesionalmente por la noche, casi siempre en antros humeantes, clubes de fraternidades benéficas y lugares por el estilo, en el sur de Virginia.
A mediados de los 80 me mudé a Los Ángeles, donde, en el bulevar Hollywood, encontré un acogedor bar llamado El Trébol. Durante casi un año y medio trabajé, de día, como articulista del Times de Los Ángeles, y todos los viernes y sábados por la noche tocaba ante un ruidoso pero atento público de obreros. Me pagaban 50 dólares y una cerveza por noche.
Aquellas actuaciones me divertían en grande, pero hicieron estragos en mi guitarra. El estrado no era alto, y no faltaba el parroquiano al que se le pasaran las copas y durante mi descanso la tirara de su soporte. En una ocasión hubo una pelea y un hombre la cogió para golpear a su adversario. Afortunadamente se estaba cayendo de borracho, así que pude arrebatársela antes de que la convirtiera en astillas.

Enamorarse de un instrumento musical es como enamorarse de una persona: hay que estar dispuesto a aceptarlo todo, no solamente los aspectos que nos atrajeron en un principio. Un buen instrumento es singular y veleidoso, y hace públicos lo mismo nuestros errores que nuestros aciertos.
Aun así, tocar la guitarra es para mí una inapreciable terapia de relajación, un rato de meditación diario que saboreo con placer. Pero tal vez lo que más me gusta de mi mejor amiga es la compañía y el consuelo que me brinda cuando me encuentro solo.
Así ocurrió cuando, hace algunos años, mientras vivía en Inglaterra, me enteré de la muerte de uno de mis más queridos mentores: Henry Mitchell, columnista del Post de Washington desde hacía largo tiempo. Cuando yo no era más que un nervioso neófito en el periodismo, Henry me acogió con su cálida hospitalidad y me allanó el camino para colaborar en un diario lleno de escritores consagrados y editores temibles. Desde entonces no dejó de ser mi amigo y mi maestro hasta que, en 1991, se jubiló.
Cuando partí para Inglaterra ya estaba enterado de que le habían diagnosticado cáncer de estómago y de que había estado hospitalizado un tiempo y sometido a tratamiento. Sin embargo, como lo vi animado y con buen semblante poco antes de partir, nunca imaginé que estaba a punto de perder a tan gran amigo.
Supe de su muerte casi un mes después de ocurrida, por una carta de mi madre. Por suerte, mi Gibson estaba a mi lado. Ella era mi fortaleza. Recordé que Henry tarareaba Amazing grace quedamente mientras escribíamos nuestras respectivas columnas sentados uno al lado del otro. Éste fue el réquiem que me vino a la mente, un réquiem sencillo y sentido, perdido en la bruma del tiempo. Mi guitarra sacó de inmediato la melodía, de tres acordes, y la convirtió en un himno para todo lo trágico… y para todo lo humano. Creo que a Henry la habría gustado cómo sonaba la vieja canción, tocada de un modo que el Viejo George habría aprobado.

Ahora vivo en Canadá, y mi guitarra sigue siendo mi más fiel y constante compañera. Como seguramente habrá de sobrevivirme, espero que termine en manos de alguien que la respete y la quiera. Los buenos instrumentos pueden vivir para siempre; sólo mueren de maltrato o de falta de uso. Es posible que su voz pierda potencia con el tiempo, pero también es posible que se enriquezca.
La voz de mi amiga ya no es tan clara ni potente como en otro tiempo, pero hoy canta con la confianza que da la mucha experiencia y miles de horas de alegría. En esa voz, cuando toco tal como debe ser, distingo las inconfundibles escuelas de viejos amigos que ya se fueron: Buddy Holly, Elvis, Lennon, Hendrix, Muddy Waters y hasta Sonny Bono. Y el ritmo continúa incesante.
*


Consejos para debutar como un viejo verde

March 26, 2015

La vida, ya se sabe, enseña miserias. Por ejemplo, hay un momento en que los hombres de edad madura advierten que las chicas ya no los miran. O peor aún: no los miran como antes. Eso no sucede de golpe.

Suele ser más bien un cambio paulatino. En la desolada novela de J. M. Coetzee, ‘Desgracia’, se menciona ese trance que nos revela la pérdida de atractivo que se produce en las personas con el paso de los años.

Yo ahora debuto en esto, y ya no me caben dudas de que muchos hombres en algún momento somos conscientes de nuestra pérdida de atractivo. Es una sensación de frío y de tristeza, más que de vacío. Hasta los treinta años, si alguien ha tenido un aspecto aceptable, siente regularmente miradas atentas o veladas. A los cuarenta, ese tipo de interés disminuye, y muchos (yo, entre ellos) la luchamos: seguimos sonriendo con gran estilo y haciendo más ejercicio para mantener el puntaje. Pero, bueno, pasados los cincuenta, a pesar de la buena voluntad y la tonicidad muscular ganada en el gimnasio, solo interesamos a viudas y a divorciadas. Ya todo es distinto.

En estas circunstancias tener un buen pasar ayuda en algo, claro, aunque no se consigue otra cosa que la turbia mirada de algunas chicas. Miradas metálicas de depredadoras, movidas por la ambición, no por el apetito físico. Ya no eres un hombre, sino un cajero automático. Y si se trata de chicas mayorcitas, serás a lo sumo el candidato a “compañero”, un buen partido. Naturalmente, queda la alternativa de hallar una dama elegante que te verá a su vez como un viejo guapo. Pero nada más.

Las chiquillas de veinte, de seguro, te dirán chau. Te besarán en la mejilla como a un tío simpático. Se reirán de ti. Ya no las “enciendes”. Y es que de pronto te has vuelto invisible; desde su punto de vista estás obsoleto, o les pareces casi un anciano, digno de lástima y de risitas compasivas cuando te esfuerzas en coquetear y seducir.

Entonces, si no eres tonto, empezarás una vida diferente.

Te dedicarás al sereno disfrute de mirar a las chicas, de reojo o bien de frente, como quien simula confundirlas con la hija de una amiga. Es el goce de la belleza por la belleza, el plácido e inofensivo voyeurismo. La tuya no será una mirada que reclama botín, pues este se ha vuelto inalcanzable. Sin embargo, no te engañes. Ellas, las maravillosas niñas sabias, saben por su instinto natural que detrás de tu mirada acecha un lobo hambriento, ese alegre y disponible mujeriego que fuiste en otra época.
Calma, viejo. Hay soluciones. A veces, digamos, no es mala idea irse de putas: tomar un Viagra de 100 mg y soltar una espléndida paga. Y si la muchacha que eliges es una profesional y sabe fingir, la experiencia valdrá la pena, ya que el contacto con la fresca piel de una muchacha joven es lo más cercano a una aventura espiritual.

¿Esto significa que somos zapatos viejos tirados al desván de las emociones románticas? Gracias a Dios, no es así. En esta decadente etapa de la vida, aunque las oportunidades son ínfimas, todavía (para los escritores) flotan maderos en el naufragio. Y es que gracias a las palabras de un cuento o de una novela que alguna vez escribiéramos, sobrevive en nosotros una misteriosa aura de extraño embrujo.

Anoche, en un bar, una chiquilla me abordó:

–¿Tú eres Fulano, el escritor?

Así es –respondí cordialmente–. Soy yo.

–Te he visto fotografiado en varios diarios y revistas, pero solo he leído de ti un cuento –recordó el título de mi cuento, y comentó: –Una historia escabrosa. Me pareces un tío enfermo y mañoso, de esos que idealizan y convierten en poesía sus bajas pasiones. Pero, en fin, eres muy humano.

Ser humano no es ningún mérito –dije con modestia.

La muchacha sonrió y dejó caer una mano para darme un pellizco.

–Mira, Fulano, yo me he acostado con un negro, con un chino, con un cojo, con un manco, etc. Nunca con un calvo. Tú eres un calvo, y a mí me intrigan los calvos. Eso falta en mi “currículum”.

Algunos somos diferentes –aseguré.

–¿En qué sentido?

En la manera de soñar.

–¿Cómo sueñas?

De este modo, como en esta conversación. Tú eres un sueño.
*